Significado. Aun en medio del banquete que el hombre arranca a la mano de Dios, la ira divina puede alcanzarlo; el juicio del Señor no se detiene ante la abundancia de quien lo desprecia.

Contexto. El Salmo 78 es un maskil de Asaf, salmo histórico y didáctico que recorre la historia de Israel desde el éxodo hasta David. Asaf, levita y director de música en tiempos de David, instruye a las generaciones venideras para que no olviden las obras de Dios ni endurezcan su corazón como sus padres. Los versículos 17-31 recuerdan el episodio del desierto, cuando el pueblo, no contento con el maná, exigió carne con murmuración e incredulidad. El versículo 31 describe el desenlace: «la ira de Dios subió contra ellos, y mató a los más robustos de ellos, y derribó a los escogidos de Israel».

Explicación. El texto presenta una tensión profundamente reformada: Dios concedió lo que el pueblo pidió con codicia, pero la concesión misma se volvió instrumento de juicio. El verbo «subió» (hebreo «alah») describe una ira que asciende, deliberada y soberana, no un arrebato caprichoso. Es notable que el juicio recaiga sobre «los más robustos» y «los escogidos» (mejor, los jóvenes selectos) de Israel: precisamente aquellos en quienes el hombre deposita su confianza terrenal caen primero. La providencia de Dios gobierna tanto el don como su retiro; conceder los deseos pecaminosos de un corazón endurecido puede ser, en sí mismo, una forma de juicio. Dios responde a la oración carnal entregando al hombre a las consecuencias de su propio anhelo, como advierte el principio del «enviar flaqueza a sus almas».

Referencias relacionadas. El relato original está en Números 11:31-34, donde el lugar se llama Kibrot-hataava, «sepulcros de la codicia». Pablo recoge esta lección en 1 Corintios 10:6-11, declarando que «estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros». El Salmo 106:15 resume el patrón: «Él les dio lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellos». Romanos 1:24 ilustra el mismo principio del juicio que entrega al hombre a sus propios deseos.

Aplicación práctica. Debemos temer no solo que Dios nos niegue lo que pedimos, sino que nos lo conceda cuando lo pedimos con incredulidad y descontento. La verdadera prosperidad no se mide por la mesa abundante, sino por el corazón satisfecho en Cristo, el verdadero Pan del cielo. Examinemos nuestras oraciones: ¿pedimos para glorificar a Dios o para saciar la carne? La gracia soberana nos enseña a orar «hágase tu voluntad», descansando en que el Padre sabe lo que nos conviene mejor que nosotros.

Para reflexionar. ¿Hay algún deseo que persigo con tal vehemencia que, de concedérmelo Dios, podría convertirse en mi propio juicio en lugar de mi bendición?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad