Significado. Cuando un pueblo desprecia la voz de Dios, el juicio más severo no es la ausencia de su mano, sino la entrega a la propia voluntad. Dios castiga endureciendo el corazón rebelde con aquello que él mismo deseaba.

Contexto. El Salmo 81 es atribuido a Asaf, cantor levita del tiempo de David, y fue compuesto para la celebración festiva de Israel, probablemente la fiesta de los Tabernáculos o la luna nueva. Dios mismo habla a su pueblo redimido de Egipto, recordándole el pacto y reprochándole su persistente desobediencia en el desierto. Los destinatarios son los hijos del pacto que, habiendo oído la voz divina, prefirieron seguir sus propios consejos.

Explicación. El versículo declara: «Así los dejé a la dureza de su corazón; caminaron en sus propios consejos». La expresión «los dejé» (en hebreo, los envié o entregué) revela un acto judicial soberano: Dios retira su gracia restrictiva y abandona al pecador a la consecuencia de su rebeldía. No se trata de que Dios cause el pecado, sino de que, en justicia, deja de contener la corrupción del corazón. Aquí vemos la doctrina reformada del endurecimiento judicial: el «sheriruth», la obstinación del corazón, es a la vez culpa del hombre y sentencia de Dios. Los rebeldes obtienen lo que pedían —su propia voluntad— y descubren que la mayor maldición es ser dejados a sí mismos.

Referencias relacionadas. El apóstol Pablo desarrolla esta misma verdad en Romanos 1:24-28, donde tres veces afirma que «Dios los entregó» a sus pasiones. Compárese también con Hechos 7:42, Hebreos 3:7-11 (que cita este mismo salmo), Salmos 106:15 y Oseas 4:17: «Efraín es dado a ídolos; déjalo». La libertad concedida al impío es siempre antesala de su ruina.

Aplicación práctica. Esta palabra nos advierte contra la presunción de tratar la voz de Dios con ligereza. Cada vez que endurecemos el corazón ante su Palabra, corremos el riesgo de que él nos conceda lo que pedimos. El verdadero creyente, sostenido por la gracia perseverante, no confía en su propia firmeza, sino que clama: «No nos dejes a nosotros mismos». La oración humilde y la sujeción gozosa a la voz del Pastor son el antídoto contra el autoengaño.

Para reflexionar. ¿Hay áreas en tu vida donde insistes en seguir tus propios consejos en lugar de escuchar la voz de Dios, arriesgándote a que él te entregue a tu propia voluntad?

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