Significado. Dios lamenta la obstinación de su pueblo con un anhelo entrañable: «¡Si me oyera mi pueblo, si en mis caminos anduviera Israel!». Es el clamor del Pastor soberano cuyo amor pactual desea ardientemente la obediencia de los suyos.

Contexto. El Salmo 81 se atribuye a Asaf, uno de los directores del culto levítico establecidos por David. Es un salmo litúrgico, probablemente entonado en una fiesta solemne como la de los Tabernáculos o la luna nueva. Comienza convocando al gozo y a la alabanza, pero a partir del versículo 6 Dios mismo toma la palabra para recordar a Israel su redención de Egipto y reprochar su rebeldía persistente en el desierto y más allá. El versículo 13 pertenece a este oráculo divino dirigido a un pueblo que ha endurecido su corazón.

Explicación. La partícula condicional «¡si...!» expresa aquí un deseo intenso, no una incertidumbre en Dios. El verbo «oír» (shamá en hebreo) implica mucho más que percibir sonidos: significa escuchar con sumisión y obrar conforme a lo oído. «Andar en mis caminos» evoca la senda de la ley y del pacto. Desde la teología reformada entendemos que este lamento divino no contradice su soberanía absoluta: Dios expresa con sinceridad su complacencia en la obediencia y su desagrado ante el pecado, revelando que la dureza del pueblo brota de su propia culpa y no de un decreto que excuse al rebelde. El versículo siguiente (v. 12) ya había mostrado el justo juicio: Dios los entregó «a la dureza de su corazón». Aquí resplandece, en cambio, su disposición benévola, recordándonos que la responsabilidad humana permanece plena bajo la providencia divina.

Referencias relacionadas. El eco más solemne se halla en Deuteronomio 5:29, donde Dios desea que el corazón de Israel le tema siempre. Isaías 48:18 repite el mismo anhelo: «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos!». En el Nuevo Testamento, el lamento de Cristo sobre Jerusalén en Mateo 23:37 («cuántas veces quise... y no quisiste») es la voz encarnada de este mismo Salmo. Hebreos 3:7-15 cita directamente este salmo para advertir: «si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones».

Aplicación práctica. Este versículo confronta toda religiosidad superficial. Podemos cantar, asistir al culto y profesar fe mientras el corazón permanece sordo a la voz de Dios. La gracia que nos redime es la misma que nos llama a caminar en obediencia gozosa. Examinemos hoy si escuchamos a Dios para someternos o solo para informarnos. El creyente reformado descansa en que el Espíritu, que ablanda el corazón de piedra (Ezequiel 36:26), produce esa escucha verdadera; por ello suplicamos: «Señor, abre mis oídos para oírte y andar en tus caminos».

Para reflexionar. ¿En qué área concreta de mi vida he estado oyendo la voz de Dios sin obedecerla, y qué me impide andar hoy en sus caminos?

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