Significado. Dios mismo, el Juez supremo, dirige una palabra solemne a los jueces de la tierra: «Yo dije: Sois dioses». No es una exaltación, sino una advertencia que recuerda que toda autoridad es delegada y rendirá cuentas ante el único Dios verdadero.

Contexto. El Salmo 82 es atribuido a Asaf, uno de los directores del culto en tiempos de David. Pertenece a un conjunto de salmos asáficos marcados por la preocupación por la justicia y por la santidad de Dios. Aquí Asaf presenta una escena de juicio celestial: Dios se levanta en medio de la «congregación de los poderosos» para reprender a los magistrados y gobernantes de Israel que pervertían el derecho, favoreciendo a los impíos y oprimiendo al débil, al huérfano y al pobre. Los destinatarios eran originalmente los líderes del pueblo del pacto, pero el mensaje alcanza a toda autoridad humana.

Explicación. El término hebreo «elohim», traducido «dioses», designa aquí a los jueces como representantes de Dios en la administración del derecho. No afirma divinidad ontológica alguna; antes bien, subraya que su autoridad es derivada y representativa. La frase «hijos del Altísimo» refuerza esa dignidad delegada. Desde la perspectiva reformada, esto exalta la soberanía absoluta de Dios: ningún poder existe sino el que Él instituye y limita (cf. Romanos 13:1). La ironía es punzante, pues el versículo siguiente declara que esos «dioses» morirán como hombres. La autoridad humana, por elevada que parezca, permanece bajo el juicio del Señor del pacto.

Referencias relacionadas. El Señor Jesús cita este versículo en Juan 10:34-36 para defender su propia identidad divina, argumentando del menor al mayor: si la Escritura llamó «dioses» a los que recibieron la palabra de Dios, cuánto más es legítimo que el Hijo enviado y consagrado se llame Hijo de Dios. Compárese también con Éxodo 22:28, Romanos 13:1-4 y Apocalipsis 19:16, donde Cristo reina como Rey de reyes.

Aplicación práctica. Todo el que ejerce autoridad —gobernantes, jueces, pastores, padres, empleadores— debe recordar que su posición es un encargo recibido del Dios soberano y no una posesión propia. La dignidad del cargo no exime de la rendición de cuentas; antes la intensifica. El creyente, por su parte, honra a las autoridades legítimas, pero rinde adoración solo a Dios, sabiendo que la gracia en Cristo nos hace verdaderamente «hijos del Altísimo» por adopción, no por mérito.

Para reflexionar. ¿Ejerzo la autoridad que Dios me ha confiado como un siervo que rendirá cuentas a su Señor, o como si fuera un derecho propio?

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