Significado. El creyente, rodeado de enemigos soberbios que no ponen a Dios delante de sí, no se defiende a sí mismo, sino que pone su causa en las manos del Dios soberano que reina sobre la maldad de los impíos.

Contexto. El Salmo 86 es la única oración del Salterio atribuida explícitamente a David, insertada entre salmos de los hijos de Coré. Es una súplica del «pobre y menesteroso» (v. 1), entretejida con citas de la Torá y de otros salmos, lo que revela a un orante saturado de la Palabra. En el versículo 14 David describe la amenaza concreta que motiva su clamor: hombres orgullosos y violentos se han levantado contra su vida. El salmo fue compuesto para la congregación del pueblo del pacto, que en sus propias tribulaciones halla en David un modelo de fe perseverante.

Explicación. David denuncia a «los soberbios» (en hebreo, zedim, los insolentes) y a la «congregación de violentos» que buscan su alma. El corazón del versículo está en la última frase: «no te pusieron delante de sí». Su violencia brota de un ateísmo práctico; viven como si Dios no gobernara ni juzgara. Desde la perspectiva reformada, esto manifiesta la corrupción total del corazón caído, que por naturaleza no busca a Dios (Romanos 3:11). David no responde con venganza, sino contrastando a estos enemigos con el Dios «misericordioso y clemente» del versículo 15. Confía en que la soberanía divina ciñe incluso la ira del hombre para alabanza suya.

Referencias relacionadas. El versículo 14 reproduce casi literalmente Salmos 54:3, mostrando la unidad de la oración davídica. El «no te pusieron delante de sí» resuena en Salmos 10:4 y 36:1. La descripción del impío que ignora a Dios anticipa Romanos 3:18, donde Pablo concluye que «no hay temor de Dios delante de sus ojos». Cristo mismo, rodeado de violentos que buscaban su vida, encarnó esta confianza, encomendándose «al que juzga justamente» (1 Pedro 2:23).

Aplicación práctica. El pueblo de Dios sigue enfrentando la hostilidad de un mundo que vive sin poner a Dios delante de sí. Nuestra primera reacción ante la calumnia, la presión o la amenaza no debe ser la defensa propia ni la amargura, sino la oración que confía en el Dios soberano. Llevar nuestra causa al trono de la gracia nos libera del afán de hacer justicia con nuestras manos y nos enseña a descansar en Aquel que gobierna sobre todo enemigo.

Para reflexionar. Cuando enfrentas la oposición de quienes «no ponen a Dios delante de sí», ¿buscas vindicarte por tus propios medios o llevas tu causa al Dios soberano que juzga con justicia?

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