Significado. El creyente clama desde el abismo más oscuro: «¿Por qué, oh SEÑOR, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?». Es la oración de quien, abandonado al sentimiento, no abandona la fe.

Contexto. El Salmo 88 es atribuido a Hemán ezraíta, uno de los cantores levitas designados por David. Pertenece al salterio de los hijos de Coré y es, sin paralelo, el más sombrío del salterio: no concluye en alabanza, sino en tinieblas. El salmista, probablemente afligido por una enfermedad mortal y prolongada, escribe desde el borde mismo del sepulcro, sintiéndose apartado de Dios y de los hombres, mas sin dejar de dirigir su queja al Dios del pacto.

Explicación. El verbo «desechar» evoca el rechazo del que arroja algo lejos de sí; «esconder el rostro» es, en el lenguaje hebreo, retirar el favor y la comunión sensible. Adviértase, sin embargo, que la angustia se formula como pregunta dirigida a Dios, no como negación de Dios. Aquí la teología reformada distingue con cuidado entre el sentir y el ser: el creyente percibe abandono, pero Dios, soberano y fiel a su pacto, jamás desampara verdaderamente a los suyos (Romanos 8:38-39). La perseverancia de los santos no consiste en una serenidad ininterrumpida, sino en que la fe, aun a tientas en la oscuridad, sigue clamando «oh SEÑOR». Que la Escritura inspirada preserve esta oración sin resolución nos enseña que Dios honra la fe que se aferra a Él en medio del silencio.

Referencias relacionadas. El clamor «¿por qué escondes tu rostro?» resuena en Salmos 13:1 y 44:24, y halla su eco definitivo en la cruz, cuando Cristo exclama «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46; Salmos 22:1). En Él, el abandono que el salmista solo sintió se hizo real, para que jamás fuese real para nosotros (2 Corintios 5:21).

Aplicación práctica. Hay creyentes que atraviesan largas noches del alma, donde la consolación parece retirada y la oración rebota contra cielos de bronce. Este salmo nos da permiso santo para lamentarnos con honestidad delante de Dios, sin fingir gozos que no sentimos. La fe madura no es la ausencia de tinieblas, sino la decisión de seguir orando dentro de ellas, confiando que el Cristo que fue desamparado en nuestro lugar nunca nos esconderá su rostro de modo final.

Para reflexionar. Cuando sientes que Dios ha escondido su rostro, ¿dejas de orar, o aprendes, como Hemán, a dirigir tu mismo clamor de abandono al Dios que en Cristo prometió no dejarte jamás?

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