Significado. Aun en la aflicción más prolongada y oscura, el creyente sigue dirigiéndose a Dios; el lamento honesto es una forma legítima de fe que no abandona el trono de la gracia.

Contexto. El Salmo 88 es atribuido a Hemán ezraíta, uno de los cantores levitas del tiempo de David, y se incluye entre los cantos de los hijos de Coré. Es el más sombrío del Salterio, pues, a diferencia de otros lamentos, no concluye con una nota explícita de esperanza. Su destinatario es la comunidad de adoradores de Israel, que aprende a llevar ante Dios incluso el sufrimiento que no encuentra alivio inmediato.

Explicación. El salmista confiesa: «Yo estoy afligido y menesteroso; desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso». El término hebreo para «afligido» evoca a quien es oprimido y humillado, mientras que «tus terrores» reconoce que la mano misma de Dios está detrás de la prueba. Aquí brilla un matiz profundamente reformado: el creyente no atribuye su dolor al azar ni a poderes ajenos, sino a la soberanía de Dios, quien gobierna incluso las tinieblas. Sin embargo, esa misma soberanía es razón para seguir clamando, pues quien envía la prueba es también el único que puede librar. La fe del salmista no consiste en sentir consuelo, sino en persistir orando al Dios que parece callar.

Referencias relacionadas. El clamor desde lo profundo resuena en el Salmo 130:1 y en Job 13:15, donde la confianza persiste en medio del quebranto. La idea de cargar terrores desde la juventud anticipa al Siervo sufriente de Isaías 53:3, «varón de dolores, experimentado en quebranto». Y el Señor Jesús, en Getsemaní y en la cruz, asumió plenamente este lamento al exclamar las palabras del Salmo 22:1, santificando el sufrimiento de los suyos.

Aplicación práctica. Hay temporadas en que la oración no trae alivio inmediato y la oscuridad se prolonga; este salmo nos enseña que la fe verdadera no exige respuestas para seguir hablando con Dios. Cuando atravieses noches sin estrellas, no calles ante el Señor: deposita tu queja en sus manos soberanas, sabiendo que en Cristo el Padre nunca te ha abandonado, aunque el sentimiento lo niegue.

Para reflexionar. ¿Sigues acudiendo a Dios en oración incluso cuando su consuelo parece ausente, confiando en que su soberanía abarca también tus tinieblas?

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