Significado. El salmista confiesa que las aflicciones lo rodean sin descanso, como aguas que cercan y nunca se retiran; aun en ese asedio total, su clamor sigue dirigiéndose al Dios soberano.

Contexto. El Salmo 88 es atribuido a Hemán ezraíta, hijo de Coré, y figura entre los cánticos litúrgicos de Israel. Es el más oscuro del Salterio, una lamentación que no termina en consuelo visible. Su destinatario original era el pueblo del pacto que cantaba en el santuario, y su autor escribe desde una enfermedad o angustia prolongada que lo acerca a la muerte, sin que llegue alivio aparente.

Explicación. El versículo dice que estas calamidades «me rodearon como aguas; todo el día me han cercado a una». La imagen del agua que envuelve evoca el caos y el juicio, como en el diluvio o en las profundidades del mar. La expresión «todo el día» subraya la continuidad implacable del sufrimiento. Desde una lectura reformada, este salmo enseña que la fe no exige sentir consuelo para seguir orando: Hemán dirige cada queja al Señor del pacto. La soberanía de Dios no se niega en la oscuridad; precisamente porque Dios reina sobre la aflicción, el creyente puede arrojarle su angustia. La perseverancia de los santos no se mide por la serenidad emocional, sino por la persistencia del clamor que no abandona a su Dios.

Referencias relacionadas. Las aguas que cercan recuerdan a Jonás 2:3 y al Salmo 69:1-2, donde las aguas llegan hasta el alma. El cerco constante halla eco en Job 19:8-12. La oración persistente desde las tinieblas anticipa el Getsemaní y la cruz, donde el Hijo amado clamó «¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46), llevando el abandono que nosotros merecíamos.

Aplicación práctica. Hay temporadas en que la fe transcurre sin luz: la enfermedad no cede, el duelo no afloja, la depresión cerca el alma «todo el día». Este salmo legitima esa experiencia y la pone bajo la soberanía divina. No se nos manda fingir gozo, sino seguir hablando con Dios aun cuando solo podamos quejarnos. Cristo conoció el abismo y descendió a él por nosotros; por eso ningún cerco de aguas puede separarnos del amor del Padre.

Para reflexionar. Cuando la aflicción te rodea sin pausa y no sientes consuelo, ¿sigues dirigiendo tu clamor al Dios soberano, o dejas de orar porque la respuesta tarda?

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