Significado. Los cielos y la tierra pertenecen a Dios porque Él los hizo y los sostiene; la creación entera es propiedad del Rey soberano que reina sobre todo cuanto existe.

Contexto. El Salmo 89 es un masquil de Etán ezraíta, ubicado al cierre del tercer libro del Salterio. Compuesto en torno al pacto que Dios hizo con David (2 Samuel 7), oscila entre la celebración de la fidelidad divina y un lamento angustiado por la aparente ruina de la dinastía davídica. Los destinatarios son el pueblo del pacto, conmovido ante la distancia entre las promesas recibidas y la dolorosa realidad histórica que contemplaban.

Explicación. El versículo declara: «Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste». El verbo «fundar» remite al acto creador que establece y ordena el cosmos por la sola palabra de Dios. La doble posesión —cielos y tierra— abarca la totalidad de lo existente, sin reserva alguna. Para la teología reformada, este señorío universal no es mera titularidad jurídica, sino expresión del decreto soberano que sostiene y gobierna providencialmente cada criatura. El salmista funda su esperanza precisamente aquí: si el mundo entero es de Dios, también lo es el trono prometido a David. La majestad del Creador garantiza la firmeza de su pacto.

Referencias relacionadas. Génesis 1:1 narra esa fundación; el Salmo 24:1 repite que «de Jehová es la tierra y su plenitud»; el Salmo 50:12 afirma lo mismo respecto del mundo. En el Nuevo Testamento, Colosenses 1:16 revela que todo fue creado por medio de Cristo y para Él, y Hebreos 1:10 aplica este salmo al Hijo, sustentador de todas las cosas.

Aplicación práctica. Vivimos como administradores, no como dueños: nuestros bienes, talentos y tiempo son del Señor. Reconocer su propiedad universal libera del afán posesivo y del temor, pues quien gobierna las galaxias gobierna también nuestra historia particular. Cuando las promesas de Dios parecen tardar, su soberanía sobre toda la creación es el ancla que nos sostiene en medio de la incertidumbre.

Para reflexionar. ¿Vivo realmente como mayordomo de lo que pertenece a Dios, o me comporto como si fuera dueño absoluto de mi vida y mis recursos?

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