Significado. El norte y el sur, el Tabor y el Hermón, proclaman que toda la creación fue formada por Dios y existe para alegrarse en su nombre. Nada hay en el universo que no esté bajo su mano soberana.

Contexto. El Salmo 89 es un masquil atribuido a Etán ezraíta, incluido entre los grandes salmos del pacto. Pertenece al tercer libro del Salterio y fue compuesto en un tiempo de aparente fracaso de las promesas hechas a David, cuando el trono parecía derribado. El salmista, dirigiéndose al pueblo del pacto, recorre primero las maravillas de la fidelidad y el poder divinos antes de presentar su lamento, fundamentando su esperanza en quien gobierna cielos y tierra.

Explicación. El versículo declara «el norte y el sur, tú los creaste»: los puntos cardinales abarcan la totalidad del orden creado, afirmando que Dios es el Hacedor de cuanto existe. El Tabor y el Hermón, montes señalados de la tierra de Israel, son personificados como adoradores que «se regocijan en tu nombre». Desde la perspectiva reformada, esto exalta la soberanía absoluta del Creador, distinto de su creación y no sujeto a ella; las montañas, símbolos de permanencia, dependen enteramente de su palabra. El término «creaste» (bará) recuerda Génesis y subraya que el mismo Dios que ordenó el cosmos sostiene también su pacto. La creación entera rinde culto, anticipando la confesión de que toda gloria pertenece a Dios solo.

Referencias relacionadas. Génesis 1:1 fundamenta la obra creadora aquí celebrada; el Salmo 19:1 muestra los cielos contando la gloria de Dios; el Salmo 95:4 declara que en su mano están las profundidades de la tierra y las alturas de los montes. Colosenses 1:16 revela que todo fue creado por medio de Cristo y para él, dando lectura cristocéntrica a esta alabanza cósmica.

Aplicación práctica. Cuando las promesas de Dios parecen tardar y nuestras circunstancias se asemejan al lamento del salmo, hallamos firmeza recordando quién es nuestro Dios. El que creó norte y sur, el que hizo regocijar a los montes, no fallará en cumplir su pacto. Contemplar su poder en la creación nos llama a confiar en su fidelidad y a unirnos al coro de cuanto existe, ofreciendo nuestra vida en adoración.

Para reflexionar. Si hasta los montes se regocijan en el nombre del Señor, ¿qué impide que mi corazón descanse hoy en su soberanía y fidelidad?

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