Significado. Toda la fuerza y el honor de su pueblo brotan de Dios mismo; «la gloria de su poder» no es mérito humano, sino don soberano de la gracia.

Contexto. El Salmo 89 es un masquil atribuido a Etán ezraíta, una meditación que celebra el pacto que el Señor estableció con David (vv. 3-4) y que luego clama angustiado ante la aparente ruptura de ese pacto (vv. 38-51). Israel, el pueblo del pacto, recita estas estrofas en medio de la tensión entre las promesas firmes de Dios y una realidad histórica de derrota y humillación. El v. 17 pertenece a la primera sección, donde el salmista exalta la bienaventuranza de quienes conocen la aclamación gozosa y caminan a la luz del rostro divino (vv. 15-16).

Explicación. El versículo afirma «porque tú eres la gloria de su poder» (o «el esplendor de su fortaleza»), y añade que por el favor divino «será exaltado nuestro poderío» (literalmente «nuestro cuerno»). El «cuerno» es imagen hebrea de dignidad, vigor y victoria; aquí no se ensalza la capacidad de Israel, sino su fuente: Yahvé mismo. La preposición causal «porque» une la alegría del pueblo (v. 16) con su único fundamento. Desde la perspectiva reformada, el texto desnuda toda jactancia de la criatura: si hay gloria, es gloria recibida; si hay exaltación, es por «tu buena voluntad», es decir, por el beneplácito soberano de Dios (cf. Ef 1:5). El esplendor del creyente es siempre derivado, reflejo del rostro de Aquel que en su pacto se comprometió a sostener a los suyos.

Referencias relacionadas. El motivo del cuerno levantado por Dios reaparece en 1 Samuel 2:1 y 10, en el cántico de Ana, y halla su cumplimiento en «el cuerno de salvación» que es Cristo (Lucas 1:69). Jeremías 9:23-24 prohíbe gloriarse en la propia fuerza y manda gloriarse en conocer al Señor, eco que Pablo retoma en 1 Corintios 1:31. La luz del rostro de Dios (v. 15) anticipa la bendición de Números 6:25-26 y la plenitud de la gracia revelada en Juan 1:16.

Aplicación práctica. En una cultura que mide el valor por la autosuficiencia, este versículo nos llama a confesar que cuanto somos y cuanto podemos provienen de Dios. El cristiano no se apoya en su disciplina, talento ni reputación, sino en el favor de su Señor que lo eligió y lo sostiene. Cuando la fortaleza parece flaquear, no buscamos refuerzos en nosotros mismos, sino que volvemos al rostro de Dios en Cristo, sabiendo que «toda buena dádiva» desciende de lo alto (Santiago 1:17).

Para reflexionar. ¿Estás buscando que tu «cuerno» sea exaltado por tu propio esfuerzo, o descansas en que toda tu fortaleza y tu gloria provienen del favor soberano de Dios?

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