Significado. Cuando Dios parece deshacer lo que prometió, el creyente no calla su perplejidad, sino que la lleva al trono del Dios fiel. La fe reformada gime, pero no suelta el pacto.

Contexto. El Salmo 89 se atribuye a Etán ezraíta y pertenece al grupo de salmos del exilio o de gran crisis nacional. Tras celebrar largamente la misericordia del Señor y el pacto con David (vv. 1-37), el salmista vuelve su rostro a una realidad dolorosa: el trono davídico yace humillado. Israel, destinatario de la promesa, contempla muros caídos y fortalezas en ruinas, y pregunta cómo encajar tal desastre con los juramentos divinos.

Explicación. «Has roto todos sus muros, has reducido a ruinas sus fortalezas». El verbo «romper» (en hebreo, abrir brechas) describe defensas vulneradas y un reino expuesto al enemigo. Nótese el matiz reformado decisivo: el salmista atribuye la calamidad directamente a la mano soberana de Dios, no al azar ni meramente a los caldeos. Dios mismo «ha» derribado. Esta confesión de la soberanía divina sobre la adversidad no contradice su fidelidad pactual; la prueba. El pacto con David incluía cláusulas de disciplina (vv. 30-32): los hijos serían castigados con vara, pero la misericordia no sería quitada. Así, la ruina es real y dolorosa, mas no anula el juramento. El lamento se dirige a Aquel que hiere y también venda.

Referencias relacionadas. La disciplina pactual sin ruptura del pacto resuena en 2 Samuel 7:14-15. El derribar muros como juicio aparece en Lamentaciones 2:2 y Salmos 80:12. La tensión entre promesa y demora se resuelve plenamente en Cristo, el Hijo de David cuyo trono permanece para siempre (Lucas 1:32-33), y en quien todas las promesas son «sí» y «amén» (2 Corintios 1:20).

Aplicación práctica. Habrá temporadas en que las defensas que creíamos firmes caigan: salud, trabajo, planes. La tentación es concluir que Dios olvidó su palabra. El salmo nos enseña a orar con franqueza, reconociendo que aun la adversidad pasa por la mano del Padre soberano, quien disciplina a quien ama sin abandonar su pacto. No suprimas el lamento; ánclalo en la fidelidad probada de Dios en el Calvario.

Para reflexionar. Cuando mis «muros» caen, ¿interpreto la ruina como prueba de que Dios olvidó, o como llamado a aferrarme con más fuerza a su pacto inquebrantable en Cristo?

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