Significado. «¡Bendito sea Jehová para siempre!»: aun en medio de la perplejidad por las promesas que parecen suspendidas, el creyente cierra su lamento adorando al Dios cuyo pacto jamás caduca.

Contexto. El Salmo 89 lleva el título de «masquil de Etán ezraíta» y pertenece a los salmos sapienciales del período posterior al esplendor davídico. El versículo 53 (numerado así en algunas ediciones; en el texto hebreo es el v. 52) no es propiamente parte del poema, sino la doxología que cierra el Libro III del Salterio (Salmos 73—89). Etán canta primero las maravillas del pacto con David, luego gime ante una catástrofe nacional que parece contradecir esas promesas, y la comunidad redactora sella el libro entero con esta bendición. Los destinatarios son los hijos del pacto que viven entre la promesa recibida y el cumplimiento aún no consumado.

Explicación. La fórmula «Bendito sea Jehová» (en hebreo, baruk YHWH) no añade nada a Dios, sino que reconoce y declara la gloria que ya le pertenece. El doble «amén, amén» es la firma confesional de la fe que asiente a la verdad divina por encima de la apariencia. Para la teología reformada, este cierre es decisivo: después de cuarenta y cinco versículos que casi acusan a Dios de haber «desechado» a su ungido (v. 38), el salmo no concluye en duda sino en alabanza. La soberanía de Dios no queda anulada por la crisis histórica; el pacto descansa en la fidelidad inquebrantable de quien lo juró por su santidad (v. 35). La fe pactual confiesa que Dios es bendito «para siempre» (le‘olam) precisamente cuando los ojos no ven el cumplimiento.

Referencias relacionadas. Esta doxología hace eco de las que cierran los demás libros del Salterio (Salmos 41:13; 72:18-19; 106:48). La tensión entre promesa y aparente fracaso del trono davídico halla su resolución cristológica en Lucas 1:32-33 y Hechos 2:30-31, donde Cristo es el Hijo de David entronizado para siempre. Romanos 11:33-36 retoma el mismo movimiento: de la perplejidad ante los caminos de Dios a la doxología.

Aplicación práctica. Hay temporadas en que las promesas de Dios parecen contradecidas por nuestras circunstancias: una vocación frustrada, una iglesia que mengua, una oración largamente sin respuesta. El Salmo 89 nos enseña a llevar el lamento honesto hasta el trono, pero también a no terminar allí. Aprende a cerrar tus quejas con «¡Bendito sea Jehová!», no porque entiendas, sino porque confías en que su pacto en Cristo no puede fallar.

Para reflexionar. ¿Puedes, como Etán, sostener al mismo tiempo el lamento sincero y la bendición confiada, descansando en que la fidelidad de Dios no depende de lo que hoy alcanzas a ver?

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