Significado. El necio no comprende las obras de Dios porque le falta la disposición espiritual del corazón regenerado; el verdadero conocimiento de Dios es un don de la gracia, no un mero logro de la razón.

Contexto. El Salmo 92 lleva el título «Salmo. Cántico para el día de sábado», siendo el único salmo dedicado explícitamente al día de reposo. Compuesto dentro de la colección del salterio atribuida a la tradición davídica y litúrgica de Israel, fue destinado al pueblo del pacto reunido para adorar. Su tema central es la alabanza al Señor por su fidelidad, contrastando la prosperidad pasajera de los impíos con la firmeza eterna del justo. El versículo 6 introduce, en medio de la celebración, una nota sobria sobre quienes no perciben la grandeza de las obras divinas.

Explicación. El texto declara: «El hombre necio no sabe, y el insensato no entiende esto». La palabra hebrea para «necio» (baʿar) evoca al hombre embrutecido, casi como bestia, incapaz de discernir lo espiritual; el «insensato» (kesil) es el obstinado que rechaza la sabiduría. Desde la perspectiva reformada, esta ceguera no es solo intelectual sino moral y radical: es fruto de la corrupción total que afecta al entendimiento caído (1 Corintios 2:14). El necio mira las mismas obras de Dios que el justo contempla, pero no las «entiende» porque carece de la iluminación del Espíritu. Así, la diferencia entre el sabio y el necio no reside en la capacidad natural, sino en la gracia soberana que abre los ojos del corazón.

Referencias relacionadas. El necio que dice en su corazón «No hay Dios» (Salmo 14:1; 53:1) es el mismo retrato de la ceguera espiritual. Pablo afirma que el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu (1 Corintios 2:14) y que solo Dios, que mandó resplandecer la luz, ilumina los corazones (2 Corintios 4:6). Cristo declara que nadie viene al Padre si no es atraído (Juan 6:44), y Romanos 1:21-22 describe a quienes, presumiendo de sabios, se envanecieron en sus razonamientos.

Aplicación práctica. Este versículo nos guarda del orgullo intelectual y nos llama a la humildad delante de Dios. Si comprendemos algo de sus obras, no es por mérito propio sino por misericordia que abrió nuestros ojos. Conviene, pues, orar como el salmista por entendimiento, cultivar el día del Señor como ocasión para contemplar sus maravillas, y compadecernos de quienes aún no ven, intercediendo por ellos en vez de despreciarlos.

Para reflexionar. ¿Atribuyo mi entendimiento de las verdades divinas a mi propia inteligencia, o reconozco que es la gracia soberana de Dios la que ha abierto mis ojos para contemplar sus obras?

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