Significado. Las profundidades más ocultas de la tierra y las cumbres más elevadas de los montes descansan en la mano del Dios soberano; nada queda fuera de su dominio.

Contexto. El Salmo 95 pertenece al grupo de los salmos que celebran el reinado de Dios y se usaba como llamado a la adoración congregacional en Israel. La tradición lo atribuye a David (cf. Hebreos 4:7), y se dirige al pueblo del pacto, invitándolo a inclinarse ante su Creador y Pastor. La primera parte (vv. 1-7a) convoca al gozo y la reverencia; la segunda (vv. 7b-11) advierte contra la dureza del corazón. El versículo 4 forma parte del fundamento doctrinal que sostiene esa adoración: Dios es digno porque todo le pertenece.

Explicación. El texto declara que «en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas». La «mano» es figura del poder y la posesión efectiva de Dios; no se trata de un dominio nominal, sino de un señorío activo y total. El salmista escoge deliberadamente los extremos —lo más bajo y lo más alto— como un merismo que abarca la totalidad de la creación. Desde una lectura reformada, aquí resplandece la soberanía absoluta del Creador: lo que él hizo (v. 5) lo sostiene y lo gobierna providencialmente. No hay región del cosmos, ni rincón de la historia, que escape a su decreto. El verbo implícito subraya que estas realidades «son suyas» por derecho de creación, no por conquista; el Dios que adoramos no comparte su trono con ídolo alguno.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente confirma la idea: «suyo también el mar, pues él lo hizo» (Salmos 95:5). Resuena con Salmos 24:1, «de Jehová es la tierra y su plenitud», y con Salmos 50:10-12, donde Dios reclama todo lo creado. El Salmo 104 amplía esta contemplación de la providencia. En el Nuevo Testamento, Colosenses 1:16-17 muestra que todo fue creado por Cristo y en él subsiste, dándole a este salmo una dimensión cristocéntrica: el Señor de los montes y los abismos es el mismo Verbo encarnado.

Aplicación práctica. Reconocer que las profundidades y las alturas están en la mano de Dios produce humildad y descanso. Nuestras ansiedades suelen brotar de imaginar zonas de la vida —lo escondido, lo incontrolable— donde Dios no llega; este versículo las desmiente. El creyente que confiesa la soberanía divina puede adorar con confianza, sabiendo que su Pastor gobierna tanto los valles oscuros como las cumbres luminosas de su existencia. Esta verdad debe traducirse en obediencia gozosa y no en dureza de corazón, como advierte el mismo salmo.

Para reflexionar. ¿Hay alguna «profundidad» de tu vida que aún no has entregado conscientemente a la mano soberana del Dios que todo lo posee?

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