Significado. El mar y la tierra firme no son dioses rivales ni fuerzas autónomas: son obra de las manos del único Señor, quien por tanto merece adoración exclusiva.

Contexto. El Salmo 95 es un himno de invitación a la alabanza, atribuido a David según Hebreos 4:7, que la tradición litúrgica de Israel empleaba para convocar al pueblo del pacto al culto. Sus primeras siete versos llaman a venir ante el Señor con júbilo, y los versos finales advierten contra el endurecimiento del corazón visto en Meriba. El verso 5 corona el primer movimiento, exaltando a Dios como Creador soberano frente a los pueblos circundantes que divinizaban el mar y la fertilidad de la tierra.

Explicación. El versículo afirma «suyo es el mar, pues él lo hizo; y sus manos formaron la tierra seca». El pronombre posesivo es enfático: la propiedad de Dios sobre la creación se funda en su acto creador. El término traducido «hizo» (asah) y la imagen de las «manos» que «formaron» (yatsar) presentan a Dios obrando con intención y dominio absoluto, no como un demiurgo limitado. Desde la perspectiva reformada, este versículo declara la soberanía total del Creador sobre todo lo creado: nada existe fuera de su decreto ni escapa a su gobierno providencial. El mar, símbolo del caos para los antiguos, queda reducido a posesión sometida; la tierra seca, recordatorio del tercer día de Génesis y del paso por el mar Rojo, proclama que el Dios del pacto es también el Dios de la naturaleza.

Referencias relacionadas. Génesis 1:9-10 narra la separación del mar y la tierra seca que aquí se celebra. Salmos 24:1-2 y 100:3 repiten que el Señor es dueño de la tierra y nuestro Hacedor. Job 38:8-11 muestra a Dios poniendo límites al mar. Hechos 4:24 y Apocalipsis 14:7 retoman este lenguaje creacional como motivo de adoración, y Colosenses 1:16 lo lleva a su plenitud cristológica: todo fue creado por medio de Cristo y para él.

Aplicación práctica. Reconocer a Dios como Creador soberano libera al creyente del temor a las fuerzas de este mundo, pues nada existe que no esté bajo su mano. Quien confiesa que «suyo es el mar» también confía en que su vida, sus circunstancias y sus tormentas pertenecen al Señor. Esta verdad invita a la adoración humilde, al cuidado responsable de la creación que no es nuestra sino suya, y a la confianza serena en medio de lo que parece caótico e incontrolable.

Para reflexionar. Si todo cuanto existe pertenece al Señor que lo formó con sus manos, ¿qué áreas de mi vida sigo tratando como si fueran mías y no de él?

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