Significado. El Salmo 96:7 convoca a todas las familias de los pueblos a reconocer que la gloria y el poder pertenecen exclusivamente al Señor. Es un llamado misionero a rendir a Dios lo que solo a Él le corresponde.

Contexto. El Salmo 96 forma parte de los llamados «salmos del reino» o de la entronización del Señor. Según 1 Crónicas 16, su contenido se cantó cuando David trasladó el arca a Jerusalén, expresando la alegría del pueblo del pacto ante la presencia de su Rey. Aunque dirigido originalmente a Israel, su horizonte es universal: invita a «todas las familias de los pueblos» a sumarse a la adoración del único Dios verdadero, anticipando que la salvación rebasaría las fronteras de la nación elegida.

Explicación. El versículo emplea un imperativo triple, «dad al Señor», que en hebreo significa «atribuir, reconocer, devolver». No se le añade nada a Dios; más bien se confiesa lo que ya es suyo: «la gloria y el poder». Llamativamente, el salmista no se dirige a Israel, sino a las «familias de los pueblos», las naciones gentiles. Desde una lectura reformada, esto revela que la soberanía de Dios no se limita a un pueblo, sino que abarca toda la tierra; su decreto eterno incluye reunir adoradores de toda lengua. El reconocimiento de su gloria no nace de la iniciativa humana, sino de la gracia que abre los ojos para ver lo que el corazón natural rehúsa confesar.

Referencias relacionadas. El paralelo más cercano es el Salmo 29:1-2, donde los seres celestiales también «dan al Señor la gloria». La universalidad anticipada aquí florece en Isaías 49:6, donde el Siervo es «luz de las naciones», y se cumple en la Gran Comisión de Mateo 28:19. La visión de «toda nación, tribu, pueblo y lengua» adorando al Cordero (Apocalipsis 7:9) muestra el destino glorioso de este llamado. Filipenses 2:10-11 confirma que toda rodilla se doblará ante Cristo.

Aplicación práctica. Adorar es, ante todo, atribuir a Dios lo que le pertenece: reconocer su gloria y su poder por encima de los nuestros. En una cultura que exalta la autonomía humana, este versículo nos recuerda que no construimos nuestra propia honra, sino que la rendimos al Señor. Además, sostiene la misión: si la gloria de Dios es para todos los pueblos, la iglesia no puede guardar el evangelio para sí. Cada creyente participa de un coro que abarca naciones, y su adoración cotidiana ensaya ya la alabanza eterna.

Para reflexionar. ¿Estás atribuyendo a Dios la gloria que solo a Él pertenece, o reteniendo en secreto una porción de honra para ti mismo?

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