Significado. Amar al Señor implica aborrecer el mal, porque Él guarda la vida de sus santos y los libra del poder de los impíos. El amor santo y el odio al pecado son inseparables.

Contexto. El Salmo 97 pertenece a la colección de los salmos del reinado de Yahvé (Salmos 93-99), himnos que celebran a Dios como Rey soberano sobre toda la tierra. Aunque su autor es anónimo, la tradición lo asocia al culto de Israel reunido para adorar. Dirigido al pueblo del pacto, proclama que «el Señor reina» en medio de un mundo lleno de idolatría, llamando a los justos a regocijarse y a vivir conforme a su santidad.

Explicación. El versículo abre con un imperativo dirigido a quienes aman a Yahvé: «aborreced el mal». El verbo hebreo para aborrecer expresa rechazo decidido, no mera incomodidad. La teología reformada subraya que este amor a Dios no nace de la voluntad autónoma del hombre, sino de la gracia regeneradora que el Espíritu obra en el corazón elegido; quien ha sido renovado ama lo que Dios ama y odia lo que Dios odia. La segunda mitad del versículo revela el fundamento de tal vida santa: Él «guarda las almas de sus santos» y «de mano de los impíos los libra». La perseverancia del creyente no descansa en su propia fuerza, sino en la preservación soberana de Dios, conforme a la doctrina confesional de la conservación de los santos.

Referencias relacionadas. Romanos 12:9 ordena: «aborreced lo malo, seguid lo bueno», eco directo de este mandato. Proverbios 8:13 enseña que «el temor de Yahvé es aborrecer el mal». La promesa de guardar a los suyos resuena en Juan 10:28-29, donde Cristo afirma que nadie arrebatará sus ovejas de la mano del Padre, y en 1 Pedro 1:5, donde los creyentes son «guardados por el poder de Dios».

Aplicación práctica. En una cultura que celebra la neutralidad moral, el creyente está llamado a un amor que discierne y se aparta del mal. No se trata de orgullo farisaico, sino de una santidad que brota del afecto por Dios. Cuando enfrentamos tentación, persecución o el aparente triunfo de los impíos, descansamos en que el Señor preserva la vida de los suyos. Esta seguridad no produce pereza, sino una obediencia agradecida y vigilante.

Para reflexionar. ¿Refleja mi vida un amor a Dios tan genuino que me lleva a aborrecer activamente el mal, confiando a la vez en que Él guarda mi alma?

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