Salmo 98:8
Significado. Toda la creación es convocada a celebrar el reinado del Señor que viene a juzgar la tierra con justicia. Cuando los ríos baten palmas y los montes resuenan, el cosmos confiesa que Dios es Rey y que su salvación no es asunto privado, sino el clímax de toda la historia.
Contexto. El Salmo 98 pertenece a los salmos del reino (Salmos 93-99), que aclaman a Yahvé como Rey soberano sobre Israel y sobre las naciones. Su título hebreo lo llama sencillamente «salmo», y la tradición lo asocia con el culto de Israel reunido para celebrar las maravillas de la liberación divina. Dirigido al pueblo del pacto, anticipa el día en que la fidelidad y el amor del Señor a la casa de Israel sean vistos por todos los confines de la tierra.
Explicación. El versículo 8 culmina una progresión: cantan los hombres (v.4), suena la música (vv.5-6), ruge el mar (v.7) y ahora los ríos «batan las manos» y los montes canten «delante del Señor». El verbo hebreo evoca el aplauso solemne con que se aclamaba a un rey entronizado; aquí la naturaleza inanimada hace lo que la criatura racional debiera hacer primero. Desde la perspectiva reformada, esto revela que la gloria de Dios es el fin de toda la creación (coram Deo): el universo entero existe para alabarlo. La causa de este júbilo es que «viene a juzgar la tierra» (v.9); el juicio no es amenaza, sino la rectificación soberana de todas las cosas bajo el cetro de Cristo, el Rey mesiánico, en quien se cumple el reinado de Yahvé.
Referencias relacionadas. Compárese con Isaías 55:12, donde montes y árboles prorrumpen en cánticos ante la redención; con Romanos 8:19-22, donde la creación gime esperando su liberación; con Salmos 96:11-13, casi paralelo; y con Apocalipsis 5:13, donde toda criatura adora al Cordero. El aplauso de los ríos halla su plenitud en Cristo, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Colosenses 1:16).
Aplicación práctica. Si los ríos y los montes alaban a su Hacedor, ¡cuánto más quienes hemos sido redimidos por gracia! Este salmo nos llama a una adoración que no sea tibia ni rutinaria, sino gozosa y expectante, porque servimos a un Rey que reina hoy y vendrá a juzgar con justicia. La esperanza del juicio venidero, lejos de aterrar al creyente, lo consuela: lo que está torcido será enderezado por una mano soberana y buena. Vivamos, pues, levantando la mirada de la creación gimiente hacia la consumación segura.
Para reflexionar. Si la creación inanimada aclama con tal fervor el reinado del Señor, ¿qué dice de mi corazón cuando mi adoración es apagada o indiferente ante la grandeza del Rey que viene?