Significado. El mar y cuanto lo llena son convocados a rugir en alabanza, porque toda la creación celebra al Dios soberano que viene a reinar con justicia.

Contexto. El Salmo 98 es un «cántico nuevo» de la colección de salmos del reino (93-100), que exaltan a Jehová como Rey. Aunque anónimo en su título hebreo, pertenece al cancionero del pueblo de Israel y se entonaba en el culto del templo. Los destinatarios originales eran los adoradores del pacto, llamados a recordar las maravillas de Dios: su salvación revelada y su fidelidad hacia la casa de Israel (vv. 1-3). El salmo se expande luego hasta abarcar a las naciones (v. 4) y, en estos versículos finales, a la creación entera.

Explicación. El verbo «ruja» (hebreo «raʿam», tronar, bramar) personifica al mar como un coro estruendoso. La expresión «el mundo y los que en él habitan» amplía el llamado a toda la tierra habitada. En la cosmovisión bíblica el mar suele simbolizar el caos hostil, pero aquí esas aguas, antes amenazantes, son sometidas a alabanza por el Creador que las gobierna soberanamente. Desde una lectura reformada, esto manifiesta el señorío absoluto de Dios sobre cada parte de su obra: nada queda fuera de su decreto ni de su gloria. La creación no adora por sentimiento, sino porque responde al orden establecido por el Rey que «viene a juzgar la tierra» (v. 9) con la justicia perfecta de su carácter.

Referencias relacionadas. El versículo resuena con Salmos 96:11, donde cielos y tierra se alegran y «brame el mar y su plenitud». Romanos 8:19-22 enseña que la creación gime esperando la manifestación gloriosa, anticipando esta alabanza universal. Apocalipsis 5:13 muestra su cumplimiento escatológico: «toda criatura» alaba al Cordero. Filipenses 2:10-11 confirma que toda rodilla se doblará ante Cristo, el Rey que vino a salvar.

Aplicación práctica. Si el mar sin voz es llamado a tronar la gloria de Dios, ¿cuánto más nosotros, redimidos por gracia y dotados de palabra? Esta convocatoria cósmica nos rescata de una adoración tibia y centrada en nosotros mismos. Nuestra alabanza no nace de circunstancias favorables, sino de quién es Dios: Rey soberano, Salvador fiel y Juez justo. Al contemplar la creación, podemos unirnos al coro que ella ya entona, dirigiendo cada día hacia la gloria del Señor que reina.

Para reflexionar. Si las olas y los pueblos están llamados a rugir la gloria del Rey, ¿qué impide que mi vida entera resuene también con su alabanza?

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