El ayuno de cuarenta días, mis queridos hermanos, no es una observancia propia de nosotros; lo guardan todos los que se unen a nosotros en la profesión de la misma fe. Tampoco es sin razón que el ayuno de Cristo deba ser una observancia común a todos los cristianos. Lo que es más razonable, que los diferentes miembros deban seguir el ejemplo de la cabeza. Si fuimos hechos partícipes con él del bien, ¿por qué no también del mal?

¿Es generoso eximirnos de todo lo que es doloroso y participar con Él en todo lo que es agradable? Con tales disposiciones, somos miembros indignos de tal cabeza ... ¿Es mucho para nosotros ayunar con Cristo, que esperamos sentarnos a la mesa de su Padre con él? ¿Es mucho para los miembros sufrir con la cabeza, cuando esperamos ser algún día partícipes con él de la gloria? Feliz el hombre que imitará a tal Maestro.

Le acompañará adondequiera que vaya. (Sermio de San Bernardo, en Quad.) --- Por tanto, mis queridos hermanos, si el gusto solo nos ha hecho ofender a Dios, dejad que el gusto solo ayune, y será suficiente. Pero si los otros miembros también han pecado, que ellos también ayunen. Deje que el ojo ayune, si ha sido la causa del pecado del alma; ayune el oído, la lengua, la mano y el alma misma. Deje que el ojo ayune de contemplar objetos, que sólo están calculados para excitar la curiosidad y la vanidad; que habiendo sido ahora humillado, puede ser restringido al arrepentimiento, que antes vagaba en culpa.

Deje que el oído no escuche historias y palabras vanas que no tienen ninguna referencia a la salvación. Que la lengua ayune de la detracción y la murmuración, de los discursos inútiles y sacrílegos; a veces también, por respeto al santo silencio, por hablar lo que parece necesario y provechoso. Ayune también la mano de las obras inútiles y de toda acción que no sea mandada. Pero sobre todo, ayune el alma del pecado y de hacer su propia voluntad.

Sin estos ayunos, el Señor no aceptará a todos los demás. (San Bernardo, Serm. 2 de Jejun. Quad.) --- Ayuna de lo que es lícito en sí mismo, para que puedas recibir el perdón de lo que antes hiciste mal. Redime un ayuno eterno por uno breve y transitorio. Porque hemos merecido el fuego del infierno, donde no habrá alimento, ni consuelo, ni fin; donde el rico pide una gota de agua y no es digno de recibirla.

Un ayuno verdaderamente bueno y saludable, cuya observancia nos libera del castigo eterno, obteniéndonos en esta vida la remisión de nuestros pecados. No es solo la remisión de las transgresiones anteriores, sino también un preservativo contra el pecado futuro, al merecer para nosotros la gracia que nos permite evitar las faltas que de otro modo podríamos haber cometido. Agregaré otra ventaja, que resulta de la degustación, una que espero no me engañe al decir que la ha experimentado con frecuencia.

Da devoción y confianza a la oración. Observe cuán estrechamente están conectados la oración y el ayuno. La oración nos da poder para ayunar, el ayuno nos permite orar. El ayuno fortalece nuestra oración, la oración santifica nuestro ayuno y lo hace digno de ser aceptado ante el Señor. (San Bernardo, Serm. De Orat. & [] Ejun.)

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