Aquí comienza el movimiento real en la caída de Acab. Ben-adad, borracho, libertino, despótico, llegó con el orgullo de las armas contra Samaria. Por medio de las voces de los profetas, Jehová le habló a Acab, quien, actuando bajo su dirección, obtuvo la victoria completa sobre sus enemigos.

Luego siguió su fracaso en el mismo momento del triunfo. Hizo un pacto con el hombre a quien Dios había consagrado a la destrucción. La piedad que produce desobediencia al mandato divino es pecado. Como consecuencia de su desobediencia, se pronunció su propia condenación, y se nos dice que el rey regresó pesado y disgustado, lo que podemos expresar como triste y enojado. La única manera en que un hombre puede aprovechar las oportunidades de arrepentimiento que se ofrecen en las circunstancias de su vida es volviendo en el corazón y el alma a la lealtad a Dios. Este regreso nunca lo hizo Acab.

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