Llegamos ahora a la segunda división del Libro, la que contiene el relato del ministerio del profeta. Esto se divide en tres secciones: profecías antes de la caída de Jerusalén (14-39), profecías después de la caída de Jerusalén (40-45) y profecías acerca de las naciones (46-51).

La primera serie de mensajes declara la determinación de Dios de castigar (14-17). Consiste en una parábola (14: 1-6), un relato de una controversia entre el profeta y Jehová (14: 7-IS), y el nuevo cargo entregado al profeta (16, 17). La parábola inicial es una imagen gráfica de la sequía. Tanto los altos como los bajos se ven afectados. Todo el terreno es estéril y toda la vida animal está sufriendo.

Después de la palabra acerca de la sequía, tenemos el relato de una controversia notable entre Jeremías y Jehová. En un lenguaje lleno de majestuosa dignidad, el profeta pidió a Jehová que no persiguiera a su pueblo. Este llamamiento fue respondido con una negativa solemne. Debido al vagabundeo persistente del pueblo, se le ordenó al profeta que no orara por ellos, y Jehová declaró que no los escucharía.

El profeta luego suplicó que los profetas habían declarado que debían ser preservados del mal. A esto, Jehová respondió que habían mentido. Aunque hablaban en su nombre, no habían sido enviados por él y, por lo tanto, serían consumidos por la espada y el hambre. Asimismo, el pueblo a quien le habían profetizado debe ser castigado.

Nuevamente Jeremías apeló, preguntando si Dios había abandonado por completo a su pueblo, haciendo confesión de pecado y suplicando piedad de Dios por el pueblo por causa de su propio nombre.

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