Ahora, oh rey, establece el decreto y firma la escritura, para que no sea cambiada, según la ley de los medos y persas, que no altera.

Ver. 8. Ahora, oh rey, establece el decreto. ] Confírmalo, para que reciba fuerza de ley.

Según la ley de los medos y persas, eso no altera. ] Esto era demasiado para dárselo a una ley hecha por el hombre, criatura tan mutable. He leído acerca de un pueblo cuyas leyes duraron en vigor pero como máximo tres días; esto fue una falla en el otro extremo. Las leyes de los persas eran, por tanto, irrevocables, porque adoraban la verdad por una diosa, para quien la inconstancia y el cambio debían ser opuestos y odiosos. Pero esto tampoco era una buena razón, a menos que se suponga que los legisladores no pueden equivocarse, ni tampoco nada injusto, lo que realmente no puede atribuirse a nadie más que a Dios.

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