36. Su simiente perdurará para siempre. Ahora sigue la promesa de que el derecho de soberanía permanecerá siempre con la posteridad de David. Estas dos cosas: su descendencia y su trono están unidos; y con estas palabras se promete la duración eterna del reino, para que nunca pase a aquellos que eran de una raza extraña y diferente. El sol y la luna se producen como testigos; porque aunque son criaturas sujetas a corrupción, poseen más estabilidad que la tierra o el aire; los elementos, como vemos, están sujetos a cambios continuos. Como todo este mundo inferior está sujeto a una incesante agitación y cambio, se nos presenta un estado más firme de las cosas en el sol y la luna, para que el reino de David no se pueda estimar de acuerdo con el orden común de la naturaleza. Sin embargo, dado que este trono real fue sacudido en tiempos de Roboam, como ya hemos tenido ocasión de comentar, y luego destruido y derrocado, se deduce que esta profecía no puede limitarse a David. Porque aunque por fin la majestad exterior de este reino se acabó sin esperanza de ser restablecida, el sol no dejó de brillar de día, ni la luna de noche. En consecuencia, hasta que lleguemos a Cristo, Dios podría parecerle infiel a sus promesas. Pero en la rama que surgió de la raíz de Jesé, estas palabras se cumplieron en su sentido más pleno. (552)

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