REFLEXIONES

¡LECTOR! Entre las diversas mejoras que se recogen de este capítulo, no es la menor la que surge de la consideración de cuán querido debe ser Israel para el Señor, por quien y por cuya cuenta el Señor castiga así a los enemigos de Israel. El Señor puede, y el Señor corregirá a Israel por su rebeldía; pero, en medio de todo, no permitirá que triunfe el enemigo de sus redimidos. Dije (dijo el Señor) que los esparciría por los rincones; Haría cesar el recuerdo de ellos de entre los hombres; si no fuera porque temía la ira del enemigo; no sea que sus adversarios se comporten de manera extraña, y no digan: Nuestra mano está en alto, y el Señor no ha hecho todo esto.

¡Oh! ¡Cuán bienaventurado es oír al Señor hablar así! ¡Y lector! Si el Señor ama tanto a su pueblo, y así lo protege, a pesar de toda su indignidad, ¿cómo debería el pueblo amar al Señor y deleitarse en adorar su gracia distintiva, con una misericordia tan incomparable? Bien podría exclamar David, bajo un profundo sentido de esto: ¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y cuál es mi casa, que me has traído hasta aquí? ¡Alabado sea el Señor por su don inefable!

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