REFLEXIONES

¡LECTOR! mientras Jehová canta así a su Iglesia, y ordena a su pueblo que le cante también a ella, una viña de vino tinto; unámonos tú y yo al cántico santo, y comenzando en Él, que es el principal músico, y toda la causa de nuestro canto, y el único que puede enhebrar nuestros corazones y sintonizarlos con su alabanza; consideremos la bienaventuranza de esta viña del Señor, y cómo la ha formado para sí mismo y para manifestar su gloria.

¿No formó Dios el Padre esta viña? ¿Y no lo compró Jesús, su amado y siempre bendito Hijo, de su Padre, a un costo y dolores infinitos, incluso con su sangre? ¿Y no recogió Dios el Espíritu Santo las piedras del corazón de su pueblo y las formó como árboles que plantaba con su diestra? Y no todas las personas sagradas de la Deidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendigan esta viña, y con sus dulces y graciosos excrementos de rocío y lluvia, y todas las benditas influencias del cielo, la visiten y observen, y regarlo a cada momento? Y si es así, ¿quién sino cantaría el cántico de salvación a esta viña, tan favorecida, tan bendecida y tan guardada por la gracia soberana y omnipotente? ¡Oh! ¡Señor! concede que no haya fruto arruinado, ni ramas marchitas en tu iglesia y viña; pero deja que el cultivo de la gracia florezca y dé fruto para alabanza de tu nombre. Y, ¡oh! precioso Jesús! Entra en tu huerto y come de tu fruto delicioso. ¡Oh! No permitas que el jabalí del bosque lo arranque, ni las fieras del campo lo devoren.

Pero permites que todos los tuyos se apoderen de tu fuerza, y que en tu justicia esté eternamente asegurada. Sé tú, Señor, la seguridad de tu viña, y la gloria y la defensa de ella; porque entonces ciertamente seremos fuertes en el Señor, y en el poder de su fuerza; y canten sin cesar de la redención del Señor de su viña, de la Iglesia sobre la tierra, y de las glorias eternas de Jesús y de su Iglesia en el cielo. Amén.

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