Significado. El mandamiento supremo es amar a Dios con todo el ser; este amor total no es punto de partida natural del hombre caído, sino fruto de la gracia que renueva el corazón.

Contexto. En la última semana de su ministerio, Jesús es interrogado por diversos grupos que buscan tenderle trampas. Un intérprete de la ley le pregunta cuál es el gran mandamiento (Mateo 22:34-40). Jesús responde citando Deuteronomio 6:5, el corazón del Shemá, la confesión central de Israel, y añade luego el mandamiento de amar al prójimo. El versículo 37 contiene la primera y mayor exigencia de toda la ley.

Explicación. «Amarás al Señor tu Dios» recoge el lenguaje del pacto: el amor a Dios es la respuesta debida a su amor previo y soberano. «Con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» abarca la totalidad de la persona; no hay rincón del ser exento de esta entrega. Desde la perspectiva reformada, este mandamiento revela a la vez la norma perfecta de Dios y la incapacidad radical del hombre caído para cumplirla. Ningún pecador ama a Dios con todo su ser; la ley así expone nuestra necesidad de un Salvador. Solo Cristo cumplió este mandamiento perfectamente, y su justicia se imputa al creyente. Además, el amor a Dios que la ley exige es producido en el regenerado por el Espíritu, pues nosotros amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). La ley, así, no es escalera para subir a Dios por mérito, sino espejo que nos lleva a Cristo y regla de gratitud para el redimido.

Referencias relacionadas. Deuteronomio 6:5 es la fuente directa de la cita. 1 Juan 4:19 enseña que amamos porque Dios nos amó primero. Romanos 13:10 declara que el amor es el cumplimiento de la ley. Ezequiel 36:26-27 promete un corazón nuevo y el Espíritu que mueve a obedecer.

Aplicación práctica. Este mandamiento desenmascara la idolatría del corazón, que reparte su afecto entre Dios y mil cosas. Nos lleva al arrepentimiento y a refugiarnos en Cristo, único que amó perfectamente. Y, ya en él, nos impulsa a crecer en un amor a Dios cada vez más entero, cultivado por el Espíritu mediante la palabra y la oración.

Para reflexionar. ¿Reconoces que solo Cristo amó a Dios perfectamente por ti, y dejas que su Espíritu vaya encendiendo en ti un amor cada vez más total al Señor?

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