Significado. Las obras poderosas del Señor son tan vastas que ninguna lengua humana puede agotar su alabanza; aun así, somos llamados a intentarlo, pues toda gloria le pertenece a Él.

Contexto. El Salmo 106 es un salmo histórico que cierra el cuarto libro del Salterio, compañero del Salmo 105. Mientras aquel celebra la fidelidad pactual de Dios, este confiesa la persistente rebeldía de Israel desde Egipto hasta el exilio. Compuesto probablemente para la comunidad postexílica o dispersa (véase el versículo 47), invita al pueblo redimido a recordar quién es su Dios antes de confesar quiénes han sido ellos. El versículo 2 abre el salmo con una pregunta retórica que enmarca toda la meditación que sigue.

Explicación. El texto pregunta: «¿Quién expresará las poderosas obras del Señor? ¿Quién contará todas sus alabanzas?». El término hebreo «gueburot» señala los actos soberanos y redentores de Dios, sus hechos de poder en la creación y, sobre todo, en la salvación de su pueblo. La pregunta no expresa desánimo, sino asombro reverente: la grandeza de las obras divinas desborda toda capacidad de cómputo. Desde una lectura reformada, esto exalta la incomprensibilidad y la suficiencia de Dios. Él no necesita de nuestra alabanza, pero por su gracia nos capacita para ofrecerla. La pregunta «¿quién?» insinúa también que solo aquellos a quienes Dios abre los labios y el corazón pueden de verdad proclamar sus maravillas; la alabanza genuina es fruto de la gracia regeneradora, no logro de la carne.

Referencias relacionadas. El Salmo 40:5 confiesa que las maravillas de Dios «no pueden ser enumeradas». El Salmo 145:4 promete que «generación a generación celebrará tus obras». Romanos 11:33-36 culmina este asombro: «¡Cuán insondables son sus juicios!». En Cristo, las «poderosas obras» alcanzan su clímax: la cruz y la resurrección son la mayor «gueburah» de Dios (1 Corintios 1:24).

Aplicación práctica. Nuestra alabanza nunca estará a la altura de su objeto, y eso debe humillarnos y a la vez liberarnos. No alabamos para impresionar a Dios ni para completar una cuenta, sino para responder con gratitud a una gracia inagotable. Cultiva el hábito de recordar y narrar las obras de Dios, en tu vida y en la historia de la redención, para que tu adoración brote del asombro y no de la rutina.

Para reflexionar. Si nadie puede agotar la alabanza de Dios, ¿qué obra concreta de su gracia en tu vida proclamarás hoy, sabiendo que es apenas una gota de un océano inmenso?

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