Significado. Cuando el pecado nos lleva al borde mismo de la muerte y todo alimento se vuelve repugnante, queda al descubierto que solo la mano soberana de Dios sostiene la vida. La desesperación del rebelde es el preludio de la misericordia que él no merece.

Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un cántico de acción de gracias compuesto, según la tradición, para los redimidos que vuelven del exilio. Sin nombrar un autor único, recoge la voz de la comunidad pactual de Israel. El salmista describe cuatro cuadros de hombres en peligro extremo, y este versículo pertenece al retrato de los necios que, por sus transgresiones, fueron afligidos hasta enfermar de muerte.

Explicación. «Su alma aborreció todo alimento, y llegaron hasta las puertas de la muerte». El verbo «aborrecer» señala una repugnancia física que es a la vez espiritual: el cuerpo rechaza lo que sostiene la vida, imagen de un alma que, por su rebeldía, ha perdido todo apetito por la bondad de Dios. Las «puertas de la muerte» son una expresión que en la teología reformada subraya la frontera del juicio: el hombre no puede salvarse a sí mismo de ese umbral. Nótese que la aflicción no es azar, sino disciplina pactual; sin embargo, llevar al pecador al límite no es abandono, sino el modo en que el Dios soberano quebranta la dureza del corazón para que clame. La gracia obra precisamente donde la criatura ha agotado sus fuerzas.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente revela el desenlace: «Clamaron a Jehová en su angustia, y los salvó de sus aflicciones» (Salmo 107:19). Resuena con Job 33:22, donde el alma se acerca al sepulcro, y con el Salmo 30:3. La liberación de las puertas de la muerte halla su plenitud en Cristo, que tiene «las llaves de la muerte y del Hades» (Apocalipsis 1:18) y declara que su Iglesia no será vencida por ellas (Mateo 16:18).

Aplicación práctica. Hay temporadas en que Dios permite que la consecuencia del pecado nos quite todo gusto por la vida, para que dejemos de confiar en nosotros mismos. Si te encuentras sin apetito espiritual, vacío y al borde del desánimo, reconoce que esa misma sequedad puede ser la disciplina amorosa que te empuja a clamar. No esperes sentirte digno: clama desde el fondo, porque la salvación nunca brotó del mérito del hombre, sino de la libre misericordia de Dios.

Para reflexionar. ¿Reconozco que, aun en la aflicción que mi propio pecado provocó, la mano soberana de Dios me está conduciendo hacia el arrepentimiento y no hacia la condenación?

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