Significado. Cuando el peso del propio pecado y de la angustia aplasta al hombre, su único recurso verdadero es clamar al Dios soberano que libra a los suyos de toda tribulación.

Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un himno de acción de gracias compuesto, según la tradición, en el periodo posterior al exilio. Su autor anónimo convoca a los «redimidos de Jehová» (v. 2) a confesar su bondad. El salmo despliega cuatro cuadros de hombres en aprietos —errantes, prisioneros, enfermos y navegantes—, y nuestro versículo pertenece al tercero, el de quienes, por sus rebeliones, fueron afligidos hasta las puertas de la muerte. Los destinatarios son los del pueblo del pacto que han probado la disciplina y la misericordia del Señor.

Explicación. «Luego que clamaron a Jehová en su angustia, los libró de sus aflicciones». El versículo es un estribillo que se repite cuatro veces en el salmo, marcando el corazón teológico del texto. El verbo «clamar» (en hebreo, za'aq) denota un grito desesperado, no una oración refinada; brota cuando ya no queda fuerza propia. Aquí asoma la doctrina reformada de la total incapacidad: el pecador no negocia ni aporta mérito, solo gime. Y la respuesta —«los libró»— es enteramente obra de la gracia soberana. Dios no fue movido por el valor del clamor, sino por su propia misericordia pactual. La angustia misma había sido instrumento providencial para quebrar la soberbia y conducir al alma a su único Salvador.

Referencias relacionadas. El patrón resuena en Jonás 2:2 y en el Salmo 34:6, «este pobre clamó, y lo oyó Jehová». La liberación de la muerte anticipa la obra de Cristo, quien «de la muerte nos libró» (2 Corintios 1:10) y posee «las llaves de la muerte y del Hades» (Apocalipsis 1:18). Romanos 10:13 universaliza la promesa: «todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo».

Aplicación práctica. Las consecuencias de nuestros propios pecados pueden hundirnos en la angustia, pero ninguna culpa nos sitúa fuera del alcance de la gracia que oye al que clama. No esperes a tener palabras dignas ni a sentirte merecedor; clama tal como estás. La fe reformada no nos manda a sanarnos primero, sino a correr quebrantados al Cristo que ya cargó nuestras rebeliones en la cruz.

Para reflexionar. ¿Estás tratando de salir de tu angustia por tus propias fuerzas, o has clamado de veras al único que puede librarte?

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