Significado. Dios no se limita a aliviar la necesidad del alma sedienta: la sacia por completo y colma de bienes al hambriento, porque su gracia abunda donde el hombre solo conoce vacío.

Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un himno de acción de gracias compuesto, muy probablemente, para la comunidad pospost-cautiverio que regresaba del exilio. El salmista, cuyo nombre no se preserva, convoca a «los redimidos del Señor» (v. 2) a confesar su misericordia. El versículo 9 cierra la primera de cuatro viñetas que describen a peregrinos perdidos en el desierto, hambrientos y sedientos, que claman a Dios y son rescatados. Sus destinatarios son los redimidos reunidos de las naciones, figura del pueblo del pacto restaurado por pura gracia.

Explicación. El texto contrasta dos verbos de plenitud: Dios «sacia» (del hebreo «sava», hartarse hasta quedar satisfecho) al alma «anhelante» o sedienta, y «llena de bienes» al alma «hambrienta». El paralelismo hebreo no describe meramente provisión física, sino la obra soberana de un Dios que toma la iniciativa de buscar y suplir. Desde la perspectiva reformada, esta saciedad no es respuesta a un mérito previo, sino fruto de la gracia eficaz: el alma vacía no se llena a sí misma, sino que es llenada. Aquí late la teología de la depravación total y de la elección, pues el hambre del pecador es la condición que la bondad divina viene a remediar enteramente, no a medias.

Referencias relacionadas. El Cántico de María recoge casi textualmente esta verdad: «a los hambrientos colmó de bienes» (Lucas 1:53). Jesús la consuma al declararse «el pan de vida» y prometer que «el que a mí viene, nunca tendrá hambre» (Juan 6:35), y al bendecir a «los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mateo 5:6). Compárese también con Isaías 55:1-2 y el Salmo 103:5.

Aplicación práctica. Este versículo confronta nuestra tendencia a saciar el alma en lo que no satisface: éxito, posesiones, aprobación. La promesa nos llama a llevar nuestro vacío a Cristo, en quien el Padre ya ha provisto abundancia. En la oración, la mesa del Señor y la Palabra, el creyente reconoce que toda plenitud viene de fuera de sí mismo. Quien ha gustado esta gracia se vuelve, además, instrumento para los hambrientos del prójimo, reflejando la generosidad del Dios que primero lo llenó.

Para reflexionar. ¿En qué cisternas rotas sigo buscando saciar mi alma, cuando el Dios soberano ya se ofrece como fuente inagotable de bien?

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