Significado. Los cielos pertenecen al Señor en exclusiva, pero la tierra la entregó a los hijos de los hombres como mayordomía bajo su soberanía. Dios reina sobre todo y, sin embargo, confía a sus criaturas un encargo del cual deberán dar cuenta.

Contexto. El Salmo 115 forma parte del llamado Hallel (Salmos 113-118), cantado por Israel en las grandes fiestas, especialmente la Pascua. Su autor es anónimo, aunque la tradición lo asocia al culto del templo. El salmo nace de un pueblo tentado por el desprecio de las naciones («¿dónde está su Dios?») y contrasta al Dios vivo del pacto con los ídolos mudos. Los destinatarios son los fieles del pacto, llamados a confiar y no a temer.

Explicación. La frase «los cielos son los cielos del Señor» afirma su dominio trascendente e inalienable; Dios no comparte su trono. El verbo «dio» (en hebreo, natán) no transfiere la propiedad absoluta, sino que delega una administración. La tierra fue concedida «a los hijos de los hombres» como teatro de la gloria divina y campo del señorío humano, mandato que se remonta a la creación. Desde la perspectiva reformada, esto reafirma la soberanía total de Dios sobre cielo y tierra y, a la vez, la dignidad pactual del hombre como vicario responsable, nunca autónomo. El versículo desmonta toda idolatría: quien adora la obra de sus manos invierte el orden, pues el hombre fue puesto para gobernar lo creado bajo Dios, no para postrarse ante ello.

Referencias relacionadas. Génesis 1:28 y el mandato de dominio; Salmo 24:1 «del Señor es la tierra y su plenitud»; Salmo 8:6 sobre el hombre coronado de gloria; Deuteronomio 10:14 que hace eco del cielo y la tierra como del Señor. En clave cristocéntrica, Hebreos 2:6-9 muestra que solo en Cristo, el segundo Adán, se cumple plenamente este señorío, y Mateo 28:18 declara que toda potestad le ha sido dada.

Aplicación práctica. Como administradores y no dueños, recibimos trabajo, bienes, cuerpo y creación como préstamo del Señor. Esto libera del afán posesivo y de la ansiedad: lo que tenemos no es nuestro último fundamento, sino confiado para servir a su gloria. Cuida la tierra, ejerce tu vocación y emplea tus recursos sabiendo que rendirás cuentas al Dueño verdadero, no a los ídolos del éxito o del consumo.

Para reflexionar. ¿Vivo como propietario que dispone a su antojo, o como mayordomo agradecido que administra para la gloria del Dios soberano?

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