Salmo 115:7
Significado. Los ídolos tienen manos que no palpan y pies que no andan; el hombre que confía en lo muerto termina compartiendo su mudez. Solo el Dios vivo obra, y por eso solo Él merece ser adorado.
Contexto. El Salmo 115 pertenece al grupo del Hallel (Salmos 113-118), cantado por Israel en las grandes fiestas y, según la tradición, en la Pascua. Su autor humano es anónimo, pero la voz es la de la congregación del pueblo del pacto, posiblemente tras el regreso del exilio, rodeada de naciones que se burlaban preguntando «¿dónde está su Dios?» (v. 2). Frente a ese desprecio, el salmista contrasta la gloria del Dios de los cielos con la impotencia de los ídolos hechos por manos humanas, exhortando a Israel, a la casa de Aarón y a todos los que temen al Señor a confiar únicamente en Él.
Explicación. El versículo continúa la descripción mordaz de las imágenes paganas iniciada en el v. 4: «manos tienen, mas no palpan; pies tienen, mas no andan; no hablan con su garganta». Cada órgano enumerado afirma una capacidad y la niega de inmediato, exponiendo la radical esterilidad de toda obra de la criatura puesta en lugar del Creador. Desde la perspectiva reformada, aquí late el primer mandamiento y la doctrina de la soberanía divina: solo el Dios vivo es Señor que hace «todo lo que quiere» (v. 3), mientras que la idolatría es una inversión del orden creacional, pues el hombre, imagen de Dios, fabrica dioses a su propia imagen muerta. El término hebreo para «garganta» o «sonido» subraya el silencio absoluto del ídolo: no puede revelar nada, porque la revelación procede solo de quien habla, y Dios ha hablado de modo definitivo en su Hijo.
Referencias relacionadas. El paralelo más cercano es el Salmo 135:15-18, que repite esta sátira. Isaías 44:9-20 desarrolla con ironía la insensatez del que fabrica un dios con la madera que le sobra. Jeremías 10:5 compara los ídolos con espantapájaros que ni andan. El v. 8 cierra el principio: «semejantes a ellos son los que los hacen», eco de 2 Corintios 3:18, donde contemplar al Señor nos transforma a su imagen. Juan 1:18 muestra a Cristo como el único que da a conocer al Padre.
Aplicación práctica. Aunque pocos esculpen estatuas hoy, el corazón sigue siendo, según Calvino, «una fábrica perpetua de ídolos». Confiamos en el dinero, el éxito, la aprobación o nuestras propias capacidades, realidades tan incapaces de salvarnos como las manos de piedra. El salmo nos advierte que llegamos a parecernos a aquello en que ponemos nuestra esperanza: quien adora lo vacío se vacía. La fe reformada nos llama a la conversión continua, apartándonos de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, descansando en su soberana gracia y no en obras de nuestras manos.
Para reflexionar. ¿Qué «obra de mis manos» he estado tratando como si pudiera ver, oír o salvarme, y cómo me invita este salmo a volver mi confianza al único Dios que verdaderamente obra?