Salmo 115:6
Significado. Los ídolos «tienen oídos, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen»: son obra muerta de manos humanas, incapaces de la vida y la comunión que solo el Dios vivo otorga.
Contexto. El Salmo 115 pertenece al llamado Hallel, los cánticos que Israel entonaba en sus grandes fiestas. Su autor es anónimo, probablemente compuesto en el periodo postexílico, cuando el pueblo de Dios vivía rodeado de naciones idólatras. El salmista contrasta la majestad del Señor, que está en los cielos y hace todo cuanto quiere, con la impotencia de los dioses de los gentiles. Los destinatarios son los fieles de Israel, exhortados a confiar únicamente en Jehová y a no avergonzarse ante la burla de las naciones que preguntan: «¿Dónde está ahora su Dios?».
Explicación. El versículo continúa la enumeración irónica de los órganos sensoriales de los ídolos: oídos que no oyen, narices que no huelen. El hebreo subraya que estas imágenes poseen la forma de los sentidos pero carecen de su función. Desde la perspectiva reformada, esto revela la diferencia infinita entre el Creador y la criatura: solo Dios es vivo, personal y soberano, mientras que el ídolo es proyección de la idolatría del corazón humano. Que el ídolo no «oiga» señala que no puede responder a la oración ni socorrer a quien clama; carece de toda providencia. El salmo enseña así la doctrina de la trascendencia y autosuficiencia divinas: nuestro Dios no depende de nadie y gobierna soberanamente cuanto existe.
Referencias relacionadas. El paralelo más cercano es Salmos 135:15-17, que repite esta misma sátira. Isaías 44:9-20 expone con detalle la insensatez de fabricar dioses de madera. Jeremías 10:5 los compara con espantapájaros que «no pueden hacer mal ni para hacer bien tampoco tienen poder». En contraste, el Dios verdadero «que formó el oído, ¿no oirá?» (Salmos 94:9). Pablo retoma este tema en 1 Corintios 8:4 y Romanos 1:21-25, donde la idolatría es el cambio de la gloria del Creador por la criatura.
Aplicación práctica. Nuestros ídolos modernos rara vez tienen forma de estatua; son el dinero, el éxito, la seguridad o el propio yo. Como aquellas imágenes mudas, prometen mucho y no oyen nuestro clamor ni nos salvan en el día malo. La advertencia del salmo es solemne: «semejantes a ellos son los que los hacen» (v. 8); llegamos a ser como aquello que adoramos. Por gracia soberana, volvámonos al Dios vivo que sí oye, que inclina su oído al humilde y responde en Cristo, el mediador. Solo Él merece nuestra confianza absoluta.
Para reflexionar. ¿A qué «ídolo» mudo le he estado pidiendo lo que solo el Dios vivo, que oye y salva, puede darme?