Significado. Los ídolos «tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven»: son obra muerta de manos humanas, incapaces de salvar, frente al Dios vivo que habla y obra según su soberana voluntad.

Contexto. El Salmo 115 forma parte del Hallel (Salmos 113-118), cánticos de alabanza usados en las grandes fiestas de Israel, especialmente la Pascua. Aunque su autor no se nombra, la voz es la del pueblo del pacto reunido para adorar. Compuesto probablemente tras el destierro, responde al desafío de las naciones que se burlaban preguntando «¿dónde está ahora su Dios?». El salmista contrasta a Jehová, que está en los cielos y hace todo cuanto quiere, con los dioses de oro y plata de los paganos. El versículo 5 inicia la descripción mordaz de esa impotencia idolátrica.

Explicación. La frase emplea una ironía deliberada: la «boca» (en hebreo, peh) y los «ojos» son atributos de comunicación y conocimiento, precisamente lo que un dios verdadero debería poseer. El ídolo los tiene como forma esculpida, pero carece de su función; es pura apariencia sin vida ni poder. Desde la perspectiva reformada, esto subraya la radical distinción entre el Creador y la criatura: solo Dios es autoexistente, soberano y eficaz en su palabra. La idolatría no es un error neutral, sino una inversión del orden creacional, donde el hombre fabrica aquello a lo cual se postra. El segundo mandamiento prohíbe tal culto porque usurpa la gloria que pertenece únicamente a Aquel que hace todo cuanto quiere.

Referencias relacionadas. El paralelo más cercano está en Salmos 135:15-18, casi idéntico en su denuncia. Isaías 44:9-20 desarrolla con detalle la insensatez de adorar lo que uno mismo talla. Jeremías 10:5 compara a los ídolos con un espantapájaros sin habla. El Salmo 115:8 advierte que «semejantes a ellos son los que los hacen»: nos volvemos como aquello que adoramos. En contraste, Juan 1:1 presenta al Verbo que sí habla, y 2 Corintios 4:4 muestra a Cristo como imagen verdadera del Dios invisible.

Aplicación práctica. Aunque pocos tallamos figuras de madera, el corazón sigue siendo, como dijo Calvino, «una fábrica perpetua de ídolos». El dinero, el éxito, la imagen propia o la aprobación humana prometen lo que no pueden dar: son bocas que no hablan consuelo verdadero, ojos que no ven nuestra necesidad. La fe reformada nos llama a examinar dónde depositamos nuestra confianza última y a volver al Dios vivo, que en Cristo habla, ve y salva con poder soberano.

Para reflexionar. ¿A qué «obra de manos» acudes buscando seguridad o sentido, cuando solo el Dios que habla y ve puede sostener tu alma?

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