Significado. Los ídolos de las naciones son obra muerta de manos humanas; quien adora lo que él mismo fabrica termina vaciándose de la gloria que solo pertenece al Dios vivo.

Contexto. El Salmo 115 pertenece a la colección del «Hallel» (Salmos 113-118) que Israel cantaba en sus grandes fiestas, especialmente en la Pascua. Aunque su autor humano permanece anónimo, la voz es la del pueblo de Dios reunido en adoración, posiblemente tras el regreso del exilio, cuando la tentación de imitar la idolatría de Babilonia era intensa. El salmo contrasta al Señor entronizado en los cielos, que hace todo cuanto quiere (v. 3), con los dioses impotentes de los pueblos vecinos. El versículo 4 inicia la sátira mordaz contra esos ídolos.

Explicación. La frase «sus ídolos son plata y oro» señala dos verdades. Primero, el material precioso no confiere divinidad alguna: el metal sigue siendo criatura, no Creador. Segundo, son «obra de manos de hombres»; el adorador es ontológicamente superior a aquello que adora, lo cual expone lo absurdo de la idolatría. Desde la perspectiva reformada, aquí resplandece la soberanía absoluta del Dios que hace lo que quiere frente a los dioses que nada pueden hacer. El primer y segundo mandamiento prohíben precisamente esto, porque el corazón humano, según Calvino, es una fábrica perpetua de ídolos. La gracia soberana es la única que libra al pecador de postrarse ante la obra de sus propias manos.

Referencias relacionadas. Isaías 44:9-20 desarrolla la misma ironía del artesano que adora el resto del leño con que se calienta. Jeremías 10:3-5 describe al ídolo que ni habla ni anda. Romanos 1:23 muestra cómo el hombre cambia la gloria del Dios incorruptible por imágenes; y 1 Juan 5:21 cierra con el mandato apostólico: «guardaos de los ídolos».

Aplicación práctica. Hoy pocos tallan estatuas, pero el corazón sigue fabricando ídolos: el dinero, el éxito, la imagen propia, incluso bendiciones buenas convertidas en absolutos. Todo lo que ponemos en el trono que pertenece solo a Cristo es plata y oro muerto, incapaz de salvarnos. La adoración verdadera, nacida del Espíritu, nos devuelve a contemplar al Dios soberano que sí ve, oye y obra a favor de los suyos.

Para reflexionar. ¿Qué «obra de mis propias manos» he comenzado a tratar como digna de la confianza y la gloria que solo merece el Señor?

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