Significado. La muerte de los santos no es un accidente ni una pérdida ante Dios, sino algo «estimado» y precioso a sus ojos, porque están sellados por su pacto eterno.

Contexto. El Salmo 116 pertenece al grupo de los salmos del «Hallel» (113-118), cantados en la Pascua y en las grandes fiestas de Israel. Es un salmo de acción de gracias en el que el salmista, librado de un peligro mortal, narra cómo clamó al Señor en su angustia y fue rescatado. Aunque el autor humano es anónimo, la tradición lo asocia con la voz de un creyente que ha pasado por las puertas de la muerte y ha vuelto para alabar. El versículo 15 brota de esa experiencia: quien ha rozado el sepulcro contempla ahora cómo Dios valora la vida y la muerte de los suyos.

Explicación. La palabra hebrea traducida «estimada» (yaqar) connota algo costoso, de gran valor, no fácilmente entregado. No significa que Dios se complazca en la muerte, sino que el fallecimiento de cada uno de sus «santos» (jasidim, los que reciben y reflejan su jésed, su amor pactual) ocurre bajo su atenta y soberana vigilancia. Ningún hijo de Dios muere por azar ni un instante antes del tiempo señalado por su decreto. Desde la perspectiva reformada, esto confirma la perseverancia de los santos: aquellos a quienes el Padre dio al Hijo no se pierden, ni siquiera en la muerte, pues esta se convierte en la puerta hacia la gloria. El versículo enseña que Dios cuida tanto el vivir como el morir de los elegidos.

Referencias relacionadas. El Salmo 23:4 promete la presencia divina en el «valle de sombra de muerte»; el Salmo 73:24-26 declara que Dios recibe al creyente en gloria. Pablo afirma que «el morir es ganancia» (Filipenses 1:21) y que ni la muerte podrá separarnos del amor de Cristo (Romanos 8:38-39). Apocalipsis 14:13 pronuncia bienaventurados a los que mueren en el Señor. Y Cristo, el Santo por excelencia, hizo de su muerte preciosa el fundamento de la nuestra (Juan 10:11).

Aplicación práctica. Frente a la pérdida de un creyente amado, este versículo consuela el corazón doliente: su partida no escapó al control de Dios ni careció de valor ante él. Podemos enfrentar nuestra propia mortalidad sin terror, sabiendo que el Señor que contó nuestros días sostiene también nuestro último aliento. Vivamos, pues, con esperanza serena, entregando vida y muerte a quien las estima y gobierna soberanamente.

Para reflexionar. Si Dios considera preciosa la muerte de los suyos, ¿vives hoy con la confianza de que tu vida entera, hasta su último instante, descansa segura en sus manos?

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