Significado. Este breve salmo convoca a todas las naciones a alabar al Señor, anticipando que la misericordia soberana de Dios alcanzaría a los gentiles. La gloria de Dios no conoce fronteras: «todas las gentes» son llamadas a postrarse ante Él.

Contexto. El Salmo 117 es el más corto de todo el Salterio, compuesto por solo dos versículos, y ocupa el centro numérico de la Biblia. Aunque su autor no se nombra, pertenece a la colección de los salmos del Hallel (113-118), cantados por Israel en las grandes fiestas, especialmente en la Pascua. El destinatario inmediato era el pueblo del pacto, pero su horizonte abarca a «todas las naciones».

Explicación. El verbo «alaben» (en hebreo, halelu) es un imperativo plural dirigido a las naciones (goyim) y a los pueblos (leʼummim). Resulta notable que Israel, custodio de la revelación, invite a los gentiles a unirse a su adoración. Desde una lectura reformada, esto manifiesta el designio eterno de Dios de reunir un pueblo de toda lengua y tribu, no por mérito de las naciones, sino por la libre elección y la gracia soberana del Señor. La adoración verdadera no nace del corazón natural, sino de la obra del Espíritu que abre los ojos ciegos; por eso el llamado es, a la vez, mandato y promesa de gracia eficaz.

Referencias relacionadas. El apóstol Pablo cita este versículo en Romanos 15:11 como prueba de que la salvación de los gentiles estaba prevista en las Escrituras. Resuena con Génesis 12:3, donde Dios promete bendecir a todas las familias de la tierra en Abraham, y con Apocalipsis 7:9, donde una multitud de toda nación adora ante el trono. También conecta con el Salmo 22:27 y con la Gran Comisión de Mateo 28:19.

Aplicación práctica. Este salmo nos recuerda que la misión y la adoración son inseparables: alabamos al Dios que, en su soberana misericordia, sigue llamando a personas de todo pueblo. Frente a la tentación de un cristianismo encerrado en sí mismo, el creyente reformado confiesa que la gloria de Dios merece resonar en todas las culturas. Oremos por las naciones, sostengamos la predicación del evangelio y unamos nuestras voces a ese coro universal que la gracia ha redimido.

Para reflexionar. ¿Refleja mi vida y mi oración el deseo de que «todas las gentes» conozcan y alaben al Señor, o he reducido la gloria de Dios a los límites estrechos de mi propio entorno?

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