Significado. El sufrimiento del Ungido desemboca en alabanza: «los que teméis al Señor, alabadle». El temor reverente al Dios soberano es la raíz de toda adoración verdadera.

Contexto. El Salmo 22 es un salmo davídico que comienza con el desgarrador «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» y transita del lamento más profundo al triunfo. David, perseguido y oprimido, expresa una angustia que el Espíritu proyecta proféticamente sobre el Mesías. A partir del versículo 22 el tono cambia radicalmente: el que clamaba en soledad ahora convoca a la asamblea. El versículo 23 abre esa sección de acción de gracias, dirigida al pueblo del pacto, la descendencia de Jacob e Israel.

Explicación. El versículo despliega un paralelismo triple: «alabadle», «glorificadle», «temedle». El verbo «temer» (yare') no describe pavor servil, sino la reverencia filial de quien conoce la santidad y la soberanía de Dios. Notemos que la alabanza no surge espontáneamente del corazón caído, sino que es mandada y suscitada por el Mesías mismo, que se pone al frente de la congregación como precentor. Aquí late la lectura cristocéntrica: Cristo, tras su pasión, «anunciará tu nombre a sus hermanos» (v. 22) y dirige la adoración de los redimidos. La triple mención de «la descendencia de Jacob» y «de Israel» señala al pueblo elegido por pura gracia, no por mérito. La gloria pertenece enteramente a Dios, conforme al principio reformado del soli Deo gloria.

Referencias relacionadas. Hebreos 2:12 cita directamente el versículo 22, identificando al orante con el Hijo encarnado. Apocalipsis 19:5 reproduce el mismo llamado: «Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos, los que le teméis». Salmos 111:10 establece que «el principio de la sabiduría es el temor del Señor», y Filipenses 2:9-11 muestra la exaltación del que primero se humilló hasta la cruz.

Aplicación práctica. La adoración auténtica nace del temor reverente, no del entretenimiento ni de la mera emoción. Recordemos que es el Cristo resucitado quien preside nuestra alabanza congregacional; cuando nos reunimos, no cantamos solos, sino unidos a Él y a su Iglesia. Esto debería movernos a una adoración seria, gozosa y centrada en Dios, reconociendo que aun nuestra capacidad de alabar es don de la gracia soberana. Que el creyente examine si su culto brota de reverencia genuina hacia el Dios tres veces santo.

Para reflexionar. ¿Reconozco que mi alabanza es fruto de la obra del Mesías que sufrió por mí, o la ofrezco como si naciera de mis propias fuerzas?

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