Significado. Toda exaltación verdadera del alma nace de la obra liberadora de Dios; quien ha sido levantado del foso solo puede responder engrandeciendo al Señor que lo rescató.

Contexto. Este salmo lleva el título «cántico para la dedicación de la casa», atribuido a David. Aunque su ocasión inmediata parece ser una liberación personal de enfermedad o peligro mortal, la tradición lo asoció también con la consagración del lugar de adoración. David, rey escogido por pura gracia, escribe como uno que ha experimentado el juicio temporal y la misericordia restauradora de Dios, dirigiéndose a la congregación del pueblo del pacto para invitarla a alabar.

Explicación. El verbo traducido «engrandeceré» (en hebreo, «aromimká») significa exaltar o levantar en alto; David levanta a Dios precisamente porque Dios lo levantó a él. El término «sacaste» evoca la imagen de quien es izado de un pozo profundo, figura de la muerte y del Seol. Aquí brilla la doctrina reformada de la gracia soberana: la liberación es enteramente obra de Dios, no del mérito del hombre. El motivo añadido —que los enemigos no se alegren— recuerda que la salvación de los santos vindica el honor de Dios ante los adversarios. La causa última del rescate no es la dignidad de David, sino el propósito gratuito del Señor que sostiene a los suyos.

Referencias relacionadas. El lenguaje de ser sacado del foso resuena en el Salmo 40:1-3 y en el Salmo 103:4. La idea de que los enemigos no se gloríen aparece en el Salmo 25:2 y en el Salmo 35:19. La exaltación de Dios por su obra salvadora anticipa el cántico de María en Lucas 1:46-49 y halla su cumplimiento pleno en Cristo, exaltado tras descender al abismo de la muerte (Filipenses 2:8-9).

Aplicación práctica. El creyente reformado reconoce que cada rescate de la enfermedad, del pecado o de la desesperación es muestra de la misericordia electiva de Dios. Antes que atribuirnos nuestra recuperación, debemos engrandecer al Señor con labios agradecidos. La verdadera adoración no surge del entusiasmo pasajero, sino de recordar concretamente cómo Dios nos ha levantado del foso que merecíamos.

Para reflexionar. ¿De qué «foso» reciente te ha sacado el Señor, y estás respondiendo con la misma exaltación agradecida que llenó el corazón de David?

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