Significado. Apartarse del mal y hacer el bien no es la causa de la salvación, sino su fruto: el corazón renovado por la gracia busca activamente la paz porque ha sido reconciliado con Dios.

Contexto. El Salmo 34 es un salmo acróstico atribuido a David, compuesto cuando fingió locura ante Abimelec (Aquis) y escapó con vida. Desde esa experiencia de liberación, David instruye a la congregación del pueblo del pacto, llamando a los temerosos de Dios a aprender de su rescate. Los versículos 11-14 adoptan el tono del maestro de sabiduría que enseña a los hijos el temor del Señor.

Explicación. El versículo contiene cuatro imperativos: «apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela». El verbo «apártate» (en hebreo, sur) implica un giro deliberado, no una mera evitación pasiva; «busca» (baqash) y «sigue» (radaf, literalmente perseguir) describen un esfuerzo intenso y constante. Desde la perspectiva reformada, estos mandatos no son condiciones que el pecador cumple por sus propias fuerzas para ganar el favor divino; son la respuesta de quien ya teme al Señor (v. 11) y ha gustado que Él es bueno (v. 8). La obediencia activa brota de un corazón regenerado, evidencia de la gracia eficaz que santifica al elegido. La paz que se persigue no es mera ausencia de conflicto, sino el shalom integral que tiene su fuente en la reconciliación con Dios.

Referencias relacionadas. El apóstol Pedro cita directamente este texto en 1 Pedro 3:10-11, aplicándolo a la vida cristiana bajo persecución. Resuena con Romanos 12:18 («en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos»), con Hebreos 12:14 («seguid la paz con todos, y la santidad») y con el sermón del monte, donde Cristo bendice a los pacificadores (Mateo 5:9). Proverbios 3:7 hace eco del mismo llamado a apartarse del mal.

Aplicación práctica. El creyente está llamado a una santidad que se manifiesta en lo concreto: abandonar deliberadamente las prácticas pecaminosas y comprometerse en obras de bien hacia el prójimo. La paz no llega por casualidad; debe perseguirse con la misma tenacidad con que se persigue una meta valiosa, aun cuando el otro no coopere. En relaciones tensas, en el trabajo y en la iglesia, esto significa renunciar a la venganza, buscar la reconciliación y reflejar el carácter de nuestro Salvador, el Príncipe de paz.

Para reflexionar. Persigo la paz con la misma energía con que persigo mis propios intereses, o me conformo con simplemente evitar el conflicto?

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