Significado. En la angustia, la mayor seguridad del creyente no está en su propia fuerza, sino en escuchar a Dios decir a su alma «Yo soy tu salvación».

Contexto. El Salmo 35 es un salmo de David, clasificado entre los salmos imprecatorios y de lamento individual. David, perseguido injustamente por enemigos que devolvían mal por bien, clama a Dios como su defensor judicial y guerrero. El destinatario inmediato es el pueblo del pacto en su adoración; pero la voz de David apunta más allá de sí mismo, hacia el Rey ungido por excelencia, el Mesías, perseguido sin causa. La oración nace de una situación concreta de acoso, mas se eleva como confesión de fe en la soberanía de Dios sobre toda injusticia.

Explicación. David pide que Dios «saque la lanza y cierre el paso» (o «empuñe lanza y hacha») contra sus perseguidores: imágenes militares que presentan a Dios como guerrero divino que pelea por los suyos. El clímax no es, sin embargo, la derrota del enemigo, sino la palabra dirigida al alma: «Di a mi alma: Yo soy tu salvación». Aquí lo decisivo es que la salvación procede enteramente de Dios y se recibe por su palabra eficaz. La fe reformada subraya que es Dios quien habla primero y quien obra la liberación; el creyente no genera su propia certeza, sino que la recibe del Señor soberano. «Yo soy tu salvación» (yeshuah) anticipa el nombre y la obra de aquel cuya salvación es su propia persona.

Referencias relacionadas. Compárese con el Salmo 27:1, «Jehová es mi luz y mi salvación»; con Éxodo 14:14, «Jehová peleará por vosotros»; y con el Salmo 18:2, donde Dios es roca y libertador. El anhelo de oír a Dios decir «soy tu salvación» halla cumplimiento en Lucas 2:30 y en el nombre de Jesús (Mateo 1:21), pues él es la salvación de Dios hecha carne.

Aplicación práctica. Cuando seamos acosados injustamente, la tentación es buscar seguridad en nuestras propias defensas o en la venganza. Este versículo nos enseña a llevar la causa al Dios soberano y a esperar que él hable a nuestra alma. La paz cristiana no se funda en sentimientos cambiantes, sino en la promesa segura de que Dios mismo es nuestra salvación en Cristo. Conviene, pues, predicarnos esta verdad y descansar en ella, aun cuando los enemigos parezcan prevalecer.

Para reflexionar. ¿Buscas tu seguridad en tus propios recursos, o has aprendido a esperar que el Señor diga a tu alma «Yo soy tu salvación»?

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