Significado. «Apártate del mal y haz el bien» no es un consejo de mera moral, sino el fruto visible de la gracia que Dios obra en sus elegidos para sostenerlos «para siempre».

Contexto. El Salmo 37 es un salmo sapiencial atribuido a David, compuesto en su madurez («fui joven, y he envejecido», v. 25). En forma acróstica, instruye al pueblo del pacto ante el escándalo de ver prosperar al impío. Los destinatarios son los creyentes tentados a la impaciencia y a la envidia, a quienes David exhorta a confiar, esperar y descansar en el Señor mientras el juicio divino sigue su curso.

Explicación. El versículo enlaza dos imperativos —apartarse del mal y hacer el bien— con una promesa: «vive para siempre». El hebreo sugiere no solo evitar la maldad, sino volverse decididamente hacia la justicia. Desde una lectura reformada, este mandato no presupone una capacidad autónoma del hombre caído; antes bien, describe la conducta de quienes ya han sido regenerados por el Espíritu. La perseverancia que aquí se ordena es, a la vez, la que Dios garantiza por su soberana fidelidad al pacto: el «para siempre» no se gana, se recibe como herencia segura de los santos preservados.

Referencias relacionadas. El llamado a apartarse del mal resuena en Salmos 34:14 y Proverbios 3:7. La promesa de permanencia se cumple plenamente en Cristo, quien declara que sus ovejas «no perecerán jamás» (Juan 10:28). Pablo confiesa la misma seguridad pactual: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará» (Filipenses 1:6), y exhorta a la santidad práctica en Romanos 12:9.

Aplicación práctica. El creyente de hoy, al contemplar la aparente impunidad de la maldad en el mundo, es llamado a no reaccionar con cinismo ni con componendas, sino a una obediencia activa: dejar el pecado concreto y abrazar el bien concreto. Esta santidad cotidiana no es la fuente de nuestra salvación, sino su evidencia y su sendero. Descansa en que tu permanencia ante Dios no pende de tu fuerza, sino de su gracia que jamás suelta a los suyos.

Para reflexionar. ¿Vives la santidad como un esfuerzo por merecer la aprobación de Dios, o como la respuesta agradecida de quien ya ha sido asegurado «para siempre» por su gracia soberana?

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