Significado. Cuando el creyente padece la enemistad de quienes le devuelven mal por bien, su consuelo no descansa en su propia inocencia, sino en el Dios soberano que conoce la causa de los justos. El versículo retrata al perseguido fiel cuyo único delito es buscar el bien.

Contexto. El Salmo 38 es atribuido a David y pertenece a los salmos penitenciales. Es un clamor de un hombre abrumado por el peso del pecado, la enfermedad del cuerpo y el abandono de sus allegados. Mientras David reconoce su culpa delante de Dios, sus enemigos aprovechan su debilidad para multiplicar acusaciones. El versículo 20 describe precisamente la injusticia de esos adversarios, que responden con hostilidad al hombre que procura el bien, en medio de su quebranto físico y espiritual.

Explicación. La expresión «me pagan mal por bien» señala una inversión perversa del orden moral, donde la bondad es respondida con enemistad. El motivo de tal odio es revelador: «por seguir yo lo bueno». No es la maldad de David lo que provoca el ataque, sino su búsqueda de lo recto. Desde una lectura reformada, vemos aquí el patrón de la oposición que el mundo dirige contra los que Dios ha apartado para sí; la hostilidad gratuita confirma que la rectitud que el creyente persigue no es mérito propio, sino fruto de la gracia que lo separa del curso de este siglo. David no se venga ni se justifica a sí mismo, sino que expone su causa ante el Juez justo, descansando en la soberanía divina.

Referencias relacionadas. El mismo lamento aparece en el Salmo 35:12 y en el Salmo 109:5. El justo perseguido por su bondad halla su cumplimiento supremo en Cristo, de quien se dijo «me aborrecieron sin causa» (Juan 15:25; Salmos 69:4). Pablo exhorta a no vencer con el mal, sino a vencer el mal con el bien (Romanos 12:21), confiando la venganza al Señor (Romanos 12:19; Deuteronomio 32:35).

Aplicación práctica. El hijo de Dios no debe extrañarse cuando su fidelidad despierta enemistad en lugar de gratitud. La paga injusta del mundo no anula nuestro llamado a seguir lo bueno; antes bien, nos conforma a la imagen de nuestro Salvador, que sufrió sin abrir su boca. En vez de devolver mal por mal o caer en la amargura, llevemos nuestra causa a Dios en oración, confiando en que el Señor soberano ve, juzga con justicia y guarda a los suyos hasta el fin.

Para reflexionar. ¿Estoy dispuesto a perseverar en hacer el bien aun cuando reciba enemistad por ello, confiando mi causa al Dios justo en lugar de buscar mi propia reivindicación?

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