Significado. El creyente fiel a veces sufre el escarnio de los impíos sin haber abandonado a su Dios, y aprende que la prueba no siempre es castigo, sino crisol que el Señor soberano emplea para sus propósitos santos.

Contexto. El Salmo 44 es un masquil de los hijos de Coré, un lamento comunitario de Israel. La nación recuerda las antiguas victorias dadas por Dios (vv. 1-8), pero ahora se halla derrotada y humillada delante de los pueblos vecinos (vv. 9-16), pese a que —y esto es lo notable— no ha sido infiel al pacto (vv. 17-22). El versículo 16 describe el clímax de esa vergüenza pública padecida por el pueblo de Dios.

Explicación. El texto dice: «por la voz del que me vitupera y deshonra, por la vista del enemigo y del vengativo». El salmista presenta el oprobio como algo que asalta tanto al oído (la «voz» que insulta y blasfema) como a los ojos (la «vista» del adversario triunfante). El término hebreo para «vituperar» (jaraf) connota burla mordaz, un escarnio que toca el honor del nombre de Dios mismo, pues el enemigo se llama «vengativo», ávido de pagar mal. Desde la perspectiva reformada, lo medular es que este sufrimiento no contradice la soberanía divina, sino que se enmarca en ella: Dios no ha dejado de reinar, aunque parezca dormido (v. 23). La fe pactual confiesa que ni el oprobio escapa al decreto del Altísimo.

Referencias relacionadas. Pablo cita el v. 22 de este salmo en Romanos 8:36 para mostrar que el padecimiento del justo es parte del camino, no señal de abandono. El oprobio soportado por amor a Dios halla su cumbre en Cristo, sobre quien «cayeron los vituperios de los que te vituperaban» (Salmos 69:9; Romanos 15:3). Compárese también con las bienaventuranzas: «Bienaventurados sois cuando os vituperen» (Mateo 5:11).

Aplicación práctica. El santo de hoy enfrenta también el escarnio de un mundo hostil al evangelio: la burla, el desprecio, la acusación injusta. Este versículo enseña a no interpretar toda adversidad como ira de Dios, sino a discernir que el Señor, en su providencia, puede llevar a sus fieles por valles de oprobio. La respuesta no es el resentimiento, sino clamar con fe a Aquel que reina, descansando en que ningún vituperio cae fuera de su mano amorosa y redentora.

Para reflexionar. Cuando padeces desprecio por causa de tu fe, ¿lo recibes como prueba que el Dios soberano usa para conformarte a Cristo, o lo lees apresuradamente como señal de su abandono?

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