Significado. El temor reverente ante el Dios altísimo nace de reconocer que Él es «Rey grande sobre toda la tierra», soberano sin rival ni frontera.

Contexto. El Salmo 47 pertenece a la colección de los hijos de Coré, levitas encargados del culto en el templo. Es un cántico de entronización que celebra el reinado universal del Señor sobre todas las naciones. Compuesto para la adoración congregacional de Israel, probablemente acompañó momentos litúrgicos en que el pueblo confesaba que su Dios no era una deidad tribal más, sino el Soberano absoluto del cosmos, digno de aclamación gozosa por parte de todos los pueblos.

Explicación. El versículo declara «porque el Señor, el Altísimo, es temible; Rey grande sobre toda la tierra». El término hebreo nora’ («temible», «que infunde reverencia») no apunta a un miedo servil, sino al asombro santo ante la majestad de Aquel que no debe su trono a ningún consenso humano. El título Elyón («Altísimo») subraya su trascendencia: está por encima de todo poder, ídolo o monarca. Para la teología reformada, esta soberanía no es un atributo decorativo, sino el fundamento mismo del gobierno providencial de Dios sobre la historia y la salvación. Él reina «sobre toda la tierra» de modo eficaz, no meramente potencial; su decreto rige a las naciones que aún no lo conocen. Tal verdad sostiene la confianza del creyente y desarma todo orgullo humano ante el Rey que dispone de tronos y reinos según su beneplácito.

Referencias relacionadas. Compárese con el Salmo 95:3, «Porque el Señor es Dios grande, y Rey grande sobre todos los dioses»; con Daniel 4:35, donde Nabucodonosor confiesa que Dios «hace según su voluntad en el ejército del cielo»; y con Mateo 28:18, donde Cristo declara: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra», cumpliendo cristológicamente este reinado universal anunciado en el salmo.

Aplicación práctica. Vivimos rodeados de poderes que reclaman nuestra lealtad: la política, el mercado, la opinión pública. Confesar que el Señor es «Rey grande sobre toda la tierra» relativiza toda autoridad terrenal y libera al creyente del temor a los hombres. El temor reverente al Altísimo produce paz, no angustia: quien sabe que su Dios gobierna la historia puede orar, trabajar y descansar sin desesperarse ante las crisis. Adoremos, pues, no por obligación fría, sino con el gozo asombrado de súbditos amados de un Rey invencible.

Para reflexionar. ¿Refleja mi vida diaria la convicción de que el Altísimo reina soberanamente sobre cada circunstancia, o sigo temiendo más a los poderes pasajeros que al Rey eterno?

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