Significado. El llamado a los reinos de la tierra a cantar a Dios proclama que el Rey soberano no reina solo sobre Israel, sino sobre todas las naciones, que deben rendirle alabanza.

Contexto. El Salmo 68 es atribuido a David y celebra los triunfos de Dios, posiblemente compuesto para acompañar el traslado del arca o una procesión litúrgica de victoria. Como himno de marcha, describe el ascenso del Señor a su santuario en medio de su pueblo, y culmina en este cierre donde la mirada se expande hacia los confines del mundo. Los destinatarios inmediatos eran los adoradores de Israel reunidos en Sion, pero el horizonte del salmo abarca «los reinos de la tierra», anticipando una asamblea universal.

Explicación. El versículo emplea un imperativo plural dirigido a las naciones: «Reinos de la tierra, cantad a Dios; cantad al Señor». El término hebreo para «cantad» (zammerú) implica alabanza con instrumentos y voz, una adoración deliberada y gozosa. Desde una lectura reformada, este mandato revela la soberanía universal de Dios: su reino no se limita por fronteras étnicas, pues «de Jehová es la tierra y su plenitud». Aquí late ya el propósito pactual que culmina en el evangelio, donde Dios reúne para sí un pueblo de toda lengua, tribu y nación. La gracia que salva no es mérito de los reinos llamados, sino respuesta debida a aquel que cabalga sobre los cielos.

Referencias relacionadas. El llamado universal resuena en Salmos 96:1 y 117:1, donde se invita a todos los pueblos a alabar. Pablo cita este mismo salmo en Efesios 4:8 al hablar de los dones de Cristo ascendido. La promesa de que las naciones adorarán se cumple en Apocalipsis 5:9, ante el trono del Cordero.

Aplicación práctica. Este versículo nos recuerda que la adoración no es un asunto privado ni cultural, sino el destino de toda la creación. Si el Dios soberano reclama la alabanza de los reinos, cuánto más debemos nosotros, redimidos por gracia, vivir y cantar para su gloria. La misión de la iglesia se enraíza aquí: anunciar el reinado de Cristo a las naciones, confiando en que el Señor que ordena la alabanza también obra el corazón que la ofrece.

Para reflexionar. ¿Vivo consciente de que mi alabanza forma parte de un coro universal que el Dios soberano está reuniendo de todas las naciones?

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