Significado. El celo por la casa de Dios consume al creyente hasta el punto de soportar afrenta en lugar del Señor; lo que el mundo desprecia, el cielo lo cuenta como ofrenda santa.

Contexto. El Salmo 69 es un lamento individual atribuido a David, escrito desde lo hondo de la angustia, cuando las aguas de la persecución le llegan hasta el cuello. David, ungido por Dios y figura del Mesías que vendría, es odiado sin causa por los enemigos y aun por sus propios hermanos. El versículo 10 describe su humillación voluntaria: ayunaba y lloraba delante de Dios, y por ello recibía burla. El salmo, dirigido al pueblo del pacto, enseña cómo el justo padece por amor al nombre del Señor en medio de un mundo hostil.

Explicación. «Lloré afligiendo con ayuno mi alma, y esto me ha sido por afrenta». El ayuno aquí no es ritualismo vacío, sino expresión genuina de un corazón quebrantado que se humilla bajo la mano soberana de Dios. La palabra hebrea sugiere afligir o doblegar el alma; el salmista se somete enteramente al Señor. El matiz reformado es precioso: la verdadera piedad no busca la aprobación de los hombres, sino la gloria de Dios, y por eso atrae el desprecio del mundo. La afrenta que recibe no es accidente, sino parte del designio divino que conforma al elegido a la imagen de Cristo. Lo que parece debilidad ante los ojos humanos es, ante Dios, fortaleza de fe.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente, citado en Juan 2:17 («el celo de tu casa me consume»), revela que este salmo apunta a Cristo, el verdadero Hijo afligido por la honra del Padre. Romanos 15:3 aplica el versículo 9 al Señor Jesús: «los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí». Véanse también Mateo 5:11 sobre la bienaventuranza del perseguido y Hebreos 12:2, donde Cristo menospreció el oprobio.

Aplicación práctica. El creyente reformado entiende que la fidelidad genuina muchas veces cosecha incomprensión y burla, incluso de los cercanos. No debemos buscar el ayuno y la devoción para ser vistos, sino por amor sincero a la santidad de Dios. Cuando el mundo se ríe de nuestra seriedad espiritual, recordemos que compartimos los padecimientos de nuestro Salvador. La gracia soberana que nos sostuvo en la salvación nos sostendrá también en la afrenta; podemos llevarla con gozo, sabiendo que nuestra recompensa está segura en el cielo.

Para reflexionar. ¿Estoy dispuesto a soportar la burla del mundo por amor a la honra de Dios, o callo mi devoción para evitar el desprecio de los hombres?

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