Significado. El creyente clama hasta el agotamiento y, aun cuando la respuesta divina parece tardar, no deja de mirar a su Dios; la fe verdadera persevera precisamente cuando la voz enmudece y los ojos se cansan de esperar.

Contexto. El Salmo 69 es atribuido a David y pertenece a los salmos de lamento individual. El salmista se halla rodeado de enemigos, hundido como en aguas profundas, sufriendo oprobio por causa del celo por la casa de Dios. Dirigido originalmente a la congregación de Israel en su adoración, el salmo expresa la angustia de un siervo justo perseguido injustamente, y la fe reformada lo lee como voz del pueblo del pacto y, de modo eminente, anuncio del Mesías.

Explicación. «Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios». El verbo «cansado» señala un agotamiento total del cuerpo y del alma; la garganta enronquecida revela una oración que ya no encuentra fuerzas para articularse. Los «ojos desfallecidos» describen la mirada que se gasta de tanto vigilar el horizonte aguardando socorro. El matiz reformado es decisivo: el salmista no abandona la dirección de su clamor, pues dice «esperando a mi Dios». La perseverancia de los santos no descansa en la vivacidad de sus emociones, sino en la fidelidad inquebrantable del Dios soberano que sostiene la fe que él mismo ha dado. El silencio de Dios no es ausencia, sino prueba que purifica.

Referencias relacionadas. El celo por la casa de Dios (v. 9) es citado por Juan respecto a Cristo (Juan 2:17), y la hiel y el vinagre (v. 21) hallan cumplimiento en la cruz (Mateo 27:34). La espera fatigada resuena con el Salmo 6:6 y el Salmo 119:82-83, mientras la fe que clama de día y de noche se ilustra en Lucas 18:7. Pablo aplica este salmo al Mesías en Romanos 15:3.

Aplicación práctica. Habrá temporadas en que oremos hasta enronquecer y el cielo parezca de bronce. La sabiduría pactual nos enseña a no medir el amor de Dios por la rapidez de sus respuestas, sino a anclar el alma en su carácter revelado en Cristo. Cuando las fuerzas se acaban, sigamos dirigiendo la mirada «a mi Dios», sabiendo que aquel que comenzó la buena obra la perfeccionará. La fe cansada que todavía espera es fe genuina y agradable al Señor.

Para reflexionar. Cuando el silencio de Dios agota mis fuerzas, ¿hacia dónde dirijo mis ojos cansados: a mis circunstancias o a mi Dios?

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